lunes, 27 de septiembre de 2010

La Francia que conocimos (Epílogo)


la-chihpa-ar-manté (la de mi madre tiene mejor pinta)

 Desde que comencé la serie La Francia que conocimos nuevos recuerdos han ido emergiendo de ese pantano sombrío en el que se ha convertido mi memoria. Me iba a dormir y pequeños detalles ya olvidados me hacían despertar y agarrarme la cabeza con las manos mientras imploraba un: ay, Dios mío! O leía un libro cualquiera y alguna referencia a ese otro tiempo y aquel otro lugar detonaban cadenas de referencias que solían terminar con un recuerdo claro, preciso y extremadamente agridulce

 Recuerdo, por ejemplo, la Nochevieja con las botellas de Cordon Rouge y el especial de la TV. Alain Delon (a falta de reloj en la Puerta del Sol) bajaba unas escaleras armado de una maza que le servía para golpear en los 12 gongs que sostenían 12 señoritas que procedían entonces a mostrarnos sus 24 pechos. Nosotros (mis hermanos y yo) estábamos absolutamente maravillados por aquel espectáculo, decididos a pedir la nacionalidad francesa como fuera, mientras mi padre usaba su habitual comentario quita-tensiones-en-realidad-el-tenso-soy-yo que apelaba a lo natural del cuerpo humano femenino: pero si esto es lo más natural!! (al tiempo que acomodaba la huevada).

 También pasamos allí la Nochebuena, claro, visita de Papá Noel incluida. A mis 8 años, la creencia en Reyes Magos y Papá Noeles era más un ejercicio de autoengaño que otra cosa. Si no acababa de creer en Dios cómo iba a hacerlo en señores que escribían notas con la misma letra que la de mi padre (facilmente reconocible por seguir los estándares del dibujo técnico arquitectónico). He de reconocer, sin embargo, que aquella Nochebuena aquel pequeño positivista que era yo se dejó ganar por el ambiente navideño, la ilusión por celebrar la fiesta en un país extranjero y la parafernalia montada de manera magistral por Vicente (imitación de la voz de Papá Noel incluida mientras nos hacían esperar en el piso de arriba). Lo de menos fueron los regalos: unos walkie-talkies (entonces estaban de moda) y unos absurdos jerseys Made in Rumania que debían estar fabricados con algún material creación de la mujer de Ceaucescu (la reina de los polímeros) porque no había forma de destruirlos.

 Fue en Nochevieja o Nochebuena o Navidad o cualquier otro día cuando Conchita preparó un excelente Hachis Parmentier, plato frances a base de puré de patatas y carne picada (hachis=picado) y que mi madre haría suyo (no solo la receta sino todo él) bajo el nombre de la-chispa-al-mantel (pronúnciese la-chihpa-ar-manté) denominación a todas luces más apropiada. Y es que, como ya he dicho en algún momento, mi madre se empeñaba en decir que entendía mejor el francés que mi padre y, por tanto, a pesar de no haber estudiado ni saber cómo pedir la hora intervenía en cualquier conversación hablando en español confiada en que su superpoder era de dominio público (para qué después digan de la Torre de Babel). Así fue como unos poloneses (polacos franceses) vecinos de Vicente acabaron dando gracias a Dios por no haber elegido España como lugar donde asentarse tras una conversación a multiples bandas con mi madre, Conchita, mi padre, Vicente y un perro que pasaba por allí.

Y sí, aquella fue la Francia que conocimos. Volví años después, durante mi primer año en la universidad, a ver a Vicente y Conchita. Entonces vivían cerca de Dax, en el sur, y se les veía tranquilos, ya retirados. Más tarde, hace unos años, fuimos la Mona y yo a París. En mi lista de obligaciones una que intrigaba a la Mona: comer chispa-al-mantel. No cejé hasta encontrar un sitio donde poder hacer realidad aquella suerte de homenaje a Vicente, Conchita, mi madre, y, por qué no decirlo, yo mismo. Y es que, en realidad, de eso mismo va Concarrobe.

jueves, 23 de septiembre de 2010

La Francia que conocimos (V)

Es cierto que determinadas imágenes forman parte de uno, del propio mundo, desde que tenemos uso de razón. Son iconos, referencias, conceptos visuales que nos dan una concreta medida de nosotros mismos y de nuestro mundo, un sentido de individualidad que siempre está puesto en duda cuando uno es pequeño, apenas habla, y forma parte de una familia que lo protege, mangonea, mima y desatiende en diferentes proporciones. Hablo, por ejemplo (y el ejemplo soy yo mismo), del 7º de caballería, del Real Betis, de la Union Jack o la Torre Eiffel. Se es pequeño y algo tonto o se es pequeño y un pequeño erudito (como era mi caso) pero siempre se sabe que existe una construcción llamada la Torre Eiffel (Infiel para algunos). Y sí, ahora estábamos al fin a unas horas de verla.

Fue más difícil de lo previsto llegar al centro de París. Por entonces, España apenas contaba con rondas de circunvalación y hasta que mi padre consiguió dar con la salida (o entrada) correcta, parecimos un calco del gran Timoner, aquel pistard que se pasaba media vida dando vueltas detrás de una moto. Nos precipitamos pues sobre la ciudad y mi padre, atosigado, agobiado, asustado por la gran ciudad, urdió de manera subrepticia su plan maestro: ver París en 3 horas. Algunas de las señoras que aún me leen dirán que eso es imposible. Sin embargo, tengo testigos que pueden dar fe de tamaña hazaña. Lo primero era lo primero, y nos dirigimos a los Campos de Marte. No es difícil encontrar la Torre Eiffel en Paría, y sí, allí estaba. Mi padre aparcó y con nada disimulado apremio nos condujo al pie de la gran Torre. El día era grisaceo y poco acogedor, lo que hacía resaltar aún más el carácter amenazante de aquel entramado de hierros y tuercas. Eso debió pensar mi hermano Javier cuando a la pregunta de si queríamos subir (que mi padre expresó de su habitual modo: no quereis subir, no?) y antes de que Danié y yo dijéramos un SÍ!! más grande que Versalles, contestó con un rotundo-por-bajuno: no, me da miedo. Alta traición que aún no he perdonado puesto que con los años he desarrollado un absurdo temor a las alturas que me impide subir a estas alturas (viva la polisemia).

Nos hicimos, pues, una foto con la Torre al fondo que aún se conserva en algún album de tapas rojas. Unos niños encantadores y bien vestidos secuestrados por una pareja de turcos, o peor aún, refugiados kurdos. El bigote de mi padre deja en pañales al de Ocalan y mi madre parece que va a sacar la fregona de debajo del abrigo en cualquier momento. Lo he dicho ya y lo vuelvo a repetir: eramos un país pobre.

Nos montamos todos en el coche como en los finales de Benny Hill, a camara rápida y comenzamos uno de los más delirantes episodios en la historia del turismo familiar mundial. Recuerdo el Arco del Triunfo, la Ópera, Notre Dame, el Sena, el Louvre, Los Campos Eliseos, un gendarme dando instrucciones, una tienda y una bolsa con salchichón, queso, paté y una baguette, coches, los Campos Eliseos, el mismo gendarme, las Galerias La Fayette, el Arco del Triunfo (ah, pero hay dos? pregunta alguien), otra vez los Campos Elíseos, me suena ese gendarme... Fueron dos horas de continuo movimiento por las calles de París en un Simca 1200 que parecían varios. La gente nos veía pasar una y otra vez incapaces de encontrar la salida de aquella ciudad y el gendarme vio refrendada su idea de que los españoles eramos no solo los parientes pobres sino también lerdos que vivían en el sur.

Finalmente, mareados y deshechos, emocionados y avergonzados por igual, llegamos a una estación de servicio de las afueras donde comimos como lo que éramos: gitanos.

Era ya de noche cuando el coche aparcó delante de la casa de Vicente y Conchita. Sería nuestra última noche allí. A la mañana siguiente volvíamos a España. Hacer maletas, cenar ligero, mirar el cuarto en el que dormíamos por última vez, mirar por la ventana y tratar de distinguir en la noche el perfil de los árboles más cercanos, mirar por la ventana una oscuridad que se sabe distinta a la oscuridad nunca oscura de las ciudades del sur.

Salimos muy temprano, como mandan las ordenanzas paternas, y nos alejamos en silencio, caímos en silencio, nos dejamos llevar en silencio, hasta que como siempre mi madre comenzó a hablar y ya nadie paró hasta llegar a Sevilla.

domingo, 5 de septiembre de 2010

La Francia que conocimos (IV)


La memoria es un mecanismo que responde a reglas no demasiado claras. Por ejemplo, del viaje que nos llevó de Blois a Rouen no recuerdo nada. Recuerdo que entramos en nuestro destino aún de día, una iglesia, el comentario de mi padre sobre la muerte de Juana de Arco (que a niños poco impresionables como nosotros nos dejó bastante impresionados) y la llegada a la casa de Salvador. O quizá no fue así. Otra memoria paralela me dice que llegamos al atardecer, ya de noche, más bien, y decidimos ir a casa de Rafael, uno de los primos? tíos? de mi madre. Parecía ser el triunfador de todos ellos. Vivía en un barrio elegante. Nos detuvimos ante una casa con jardín. Mi madre bajó con la caja de mantecados La Estepeña (metida en una bolsa de El Corte Inglés) y se dirigió a la puerta de entrada mientras la veíamos desde el coche. En la secuencia que mi memoria conserva veo como llama a la puerta, como la puerta se abre, como sale una chica veinteañera a preguntar quién es. Hay una breve conversación. La chica nos mira desde la puerta. Al fondo se asoma un tipo con melenas rizadas y pinta sospechosa. Mi madre le deja los mantecados y vuelve al coche con expresión vaya-tela. Rafaé no está, dice, se ha ido a esquiá con la mujé. Siguió una retahila de improperios a la hija que apenas hablaba español, que tenía al novio metido en casa, que a saber lo que estarían haciendo, que no ha sido ni para invitarnos a pasar viniendo desde donde venimos, eso sí, quedándose los mantecados (y hasta yo pensé que peor hubiera sido rechazarlos)... y así hasta que llegamos, ahora sí, a casa de Salvador.

Puede decirse que Salvador era el más español de los familiares. Le recuerdo viniendo a casa de mi abuela en verano, pasándose a visitarnos, viendo el Tour de Francia con nosotros (defendiendo a los ciclistas franceses como Jeff Bernard frente a nuestro ídolo, el cansino y agónico Perico). Se había casado con una francesa rubicunda y norteña de gran corazón pero mínima higiene, y pudimos comprobarlo nada más llegar a la casa, grande y destartalada, en la que vivían ellos y sus 400 hijos. Solo el mayor, un profesor con pinta de hippy, hablaba español. Estaba también una chica algo mayor que mi hermano Javier, rubia y preciosa, que nos miraba con desconfianza (años antes, en una visita a nuestra casa, jugando, le habiamos metida una piedrecilla en el ojo sin querer y se veía (o no se veía) que aún se acordaba de aquello). Hicimos noche allí. En la TV echaban Siempre hace buen tiempo, el último y más oscuro de los musicales que componen la trilogía dirigida por Gene Kelly y Stanley Donen, nos dieron de comer una suela de zapato poco hecha con judias verdes de guarnición. Alrededor nuestra se paseaba un perro que se llamaba Cuzco y olía a paño húmedo. Nos alojaron en una habitación en el piso alto. Mi madre, como buena madre española, escrutó hasta el último rincón de la habitación para evaluar la limpieza del lugar. No hacía falta tanto. El lavabo tenía verdina. Las sábanas parecían haber sido usadas por un destacamento del ejército búlgaro durante los 4 años de la primera guerra mundial (curiosos pelos rizados a cada momento). La frase materna respondía a la imagen que aún años después nos consuela de siglos de atraso y complejo de inferioridad: qué guarras son las francesas! Aún así, aquellos enemigos del jabón nos acogieron en su casa, nos dieron un techo, comida, y algunos pelos. Y eso nunca lo olvidaremos.

La visita que cerró nuestro periplo normando tenía unos de esos nombres hispanos que dichos más allá de Irún nadie comprende: Socorro! La prima Socorro se había casado con un español y sin llegar al glamour de Rafael había conseguido una posición cómoda y menos espesa que la de Salvador. De aquella visita me vienen dos, tres detalles a la memoria: en la TV ponían una miniserie sobre Robinson Crusoe. Los hijos de Socorro eran un compendio de buenas maneras en la mesa. Cuando comían galletas apenas hacían ruido (nosotros pareciamos Triki de Barrio Sésamo). Una tía de mi abuela, viejísima, vivía con ellos. Tuvimos que darle un beso, lo que se me antoja el momento menos agradable del viaje.

No sé que fue de ellos. Solo Salvador se dejó caer por Sevilla, como ya he dicho. Sé también que murió. También murió Rafael, de un infarto. Puede que más de uno haya muerto. Un hijo de Salvador fue jugador de fútbol y llegó a jugar en la segunda división francesa. Nunca supe como se llama o llamaba. El hijo hippy vino a España con una novia rubia y poderosa. Mi abuelo la llamaba la leona (y se lo llamaba delante del chaval, qué cosas). Estuvieron en nuestra casa también. Él y la leona. Puedo decir, y a veces digo, que tengo familia en Francia. Pero sería más correcto decir que tuve familia en Francia y ya no la tengo.

De vuelta a Blois, a casa de Vicente, mi padre dijo que pasaríamos por París para que lo conociéramos. Y aquellas benditas palabras justificaron por si solas los escasos 8 años de vida rara que me habían sido otorgados.

martes, 24 de agosto de 2010

La Francia que conocimos (III)


No hicimos demasiadas excursiones durante aquellos días, y realmente no las necesitábamos. Ir al supermercado o a la gasolinera ya eran suficientes alicientes para aquellos niños raros obsesionados por las diferencias culturales y mercantiles. Poder tomar Orangina en lugar de Casera de naranja o ver como el tabaco fumado era Gitanes o Gauloises en lugar de Fortuna nos llenaba de un extraño gozo dificilmente explicable. No obstante, y por honrar la belleza de la zona, decidimos visitar el castillo de Chambord en el día más frío que recuerdo. Recuerdo también innumerables habitaciones que me llevan la palabra Rococó a los labios y el comentario de mi padre (entre histórico y escatológico) a la memoria: en aquella época los nobles cagaban en las esquinas de las habitaciones. Gracias a Dios, mi hermano Daniel a pesar de sus 5 añitos no se atrevió a tanto y se dejó llevar de un lado a otro embutido en su anorak rojo, bastante mejor que el mío azul. Una bandeja que llevamos a mi abuela (y que se habrá perdido junto a todo lo que se quedó en aquella casa) y algunas fotos son lo único que queda de aquel día. Fotos que invariablemente, como todas las sacadas por mi padre durante el viaje, nos presentan tal que diminutas cagarrutas sobreimpresionando un paisaje majestuoso, y es que el hombre no acabó de comprender nunca eso de que las personas se ponen en primer plano y el paisaje al fondo.

Otra excursión nos llevó a la capital de la región centro: Blois. Cruzamos el Loire sobre un puente que terminaba en una ciudad gris y poco amistosa. Una visita al centro de la ciudad. Recuerdo entrar en una carnicería y maravillarme con el hecho de disponer de una persona para cobrar, y por razones de higiene! Pensé entonces en el shock que sufrirían aquellos buenos burgueses de provincia si les diera por visitar el puesto de Er Canalla en el mercado de abastos de Huelva (con aquellas montañas de ratas de plástico que se vendían a la puerta y entre las que se colaba alguna rata verdadera de tanto en tanto). También fuimos a una juguetería porque Javier quería comprar un juguete francés con sus (nuestros, entonces él decidía) ahorros. No nos dio más que para un rudimentario jueguecillo del que nos cansamos a los dos días (se lanzaban bolitas de metal contra un coche que se iba desplazando a golpe de bolillazo). Así pues se nos hizo de noche paseando por la calle principal cuando de repente mi madre me preguntó: Faliqui, dónde está Danié? Yo iba a decir aquí señalando a mi derecha cuando a mi derecha no había más que franceses. Rafa, dijo rapidamente mi madre a mi padre, que el chico se ha perdío! Mi padre compuso entonces su ya proverbial expresión de pánico e hiperresponsabilidad (ojos como platos, gesticulación ridícula, movimientos quasisimiescos) pero tuvo que ser Vicente quien tomara las riendas de la situación y mandara a mi padre a una punta de la calle mientras el iba a la otra para acotar el campo de búsqueda. Los franceses de Blois nos miraban como diciendo: ya está los españoles montándola, y después quieren entrar en el Mercado Común... Mi madre y Conchita daban vueltas en torno a si mismas para encontrarse una a la otra continuamente lo que a todas luces no era el objetivo de la búsqueda. Javier se mostraba sereno, serenidad que con el tiempo adoptó cierto color amarillento (chiste familiar). Y yo? Yo recordé una juguetería que habíamos visto unos metros atrás. Me volví, caminé calle abajo y allí, en el escaparate, estaba Danié absorto, en el planeta playmobil. Sí, lo encontré, lo llevé a donde estaba mi madre y... me llevé una bronca de mi padre por haberme perdido yo también (?). Fue entonces cuando comprendí que la estupidez es una plaga extendida de manera implacable por la tierra y que de nada servía arreglar las cosas cuando otros unicamente se dedicaban al aspaviento y eran además estos los que detentaban el poder. Me hubiera gustado en ese momento ser capaz de desandar el tiempo y dejar a mi querido hermano Daniel perdido en Blois, siendo adoptado por una familia francesa de soterrado racismo, cantando canciones de Ettiene Daho en la ducha y celebrando la victoria de Francia en el mundial del 98.

Fueron, como podeis ver, días movidos en la zona más tranquila de Francia. Sin embargo, los Viana no se conformaban con aquello y habían decidido trasladar su circo rodante a la Normandía. Es decir a Rouen. Así pues, cargados con innumerables cajas de mantecados La Estepeña, nos dirigimos a visitar a esa parte de la familia de mi madre que nunca acabó de llevarse con el Generalísimo.

jueves, 19 de agosto de 2010

La Francia que conocimos (II)


Vicente, Conchita y Beatriz con una casa de campo como fondo. Parecen siempre entrar y salir de escena, de la película protagonizada por los Viana, como los secundarios que realmente animan una película demasiado costumbrista. Se dedican (y es algo que de pequeños no acabamos de situar) a ser mayordomos, criados de gente importante. Van y vienen de diferentes trabajos. Son despedidos. Son envidiados. Se pasean por el mundo de la única y cosmopolita manera que se viajaba en los 70, eso sí a las órdenes de otros. De París a Miami a Nueva York a Sevilla... Hasta llegar a una gran mansión de algún magnate parisino de la joyería en la región del Loire.

Nos bajamos expectantes y contentos de llegar al fin. Lo más vergonzante las muestras de amistad de mi padre, siempre tan sobreactuado y poco natural: amigo Vicente, comment allez-vous! Conchita, con su antibiligüismo (no habla bien ningún idioma, ni el español ni el francés), comienza a ordenar tareas y organizar la intendencia para tormento de mi hermano Javier. Beatriz aparece como siempre, lánguida e infantil, a pesar de que ya debe ser una mujercita que piensa en muchachos bien peinados, hecho por el cual le hacemos la vida imposible. Y mi madre? No recuerdo que hacía, pero la puedo imaginar alabándolo todo (vida campestre incluida) para luego decirnos por lo bajo: yo aquí no me vengo a vivir ni loca.

Daniel y yo nunca hemos estado en una casa igual (y eso que es la de los guardeses). La escalera es como la de la casa de nuestra abuela pero no es la escalera de la casa de nuestra abuela (imposible de comprender sin haber pasado unos años en la Bauhaus). Todo alrededor parece salido de una de esas revistas que mi padre compra para practicar su francés y buscar ideas decorativas: Plaisir de Maison o Art et Decoration. Aunque para practicar su francés encontrará una bella e inigualable ocasión de mano de los vecinos de Conchita y Vicente. Vendrán a cenar unos señores muy simpáticos (y mayores) de la casa de al lado, dice Conchita. En lo de mayores no ha exagerado. El señor estuvo en Verdun (sí, la guerra del 14) y mi padre tiene la nefasta idea de querer exhibir sus conocimientos de historia. El viejo, desdentado y con 90 años, no suelta a mi padre en toda la noche, que repite oui sin parar y sin entender nada al tiempo que esquiva los perdigonazos salivares de su oponente. Como diría mi madre: tu padre habla y pronuncia muy bien el francés pero tiene el mismo oido que para cantar: ninguno.

Otros encontraron una forma mejor de pasar el tiempo. Fue el caso de mi hermano Javier, que se obsesionó (de manera algo sospechosa, diría ahora) con el fuego de la chimenea. Cada vez que un papel o envoltorio era deshechado, mi hermano lo rapiñaba para poder tirarlo al fuego y ver cómo se quemaba. Sucedió durante nuestra estancia que Beatriz cumplió años (16 o 17) y Vicente, como buen padre, le hizo un regalo precioso: un gran ramo de flores bellamente adornadas y envueltas. Beatriz cogió las flores, las olió, lloró de emoción, todos aplaudimos, las puso en remojo. Mientras tanto, Javier solo pensaba en una cosa: cómo ardería ese envoltorio de papel de regalo y celofán? Sus cada vez más evidentes instintos pirómanos le llevaron a hacerse con toda aquella masa de papel y perifollo y de manera inadvertida lanzarlos a la chimenea. Fue entonces cuando Vicente dijo: pero eso no es todo Beatriz, mira en el interior del envoltorio. El envoltorio?, respondió Beatriz. Todos miramos alrededor y no encontramos nada. Vicente, algo nervioso, dijo: no lo habreis tirado a la basura? Hay 1000 francos dentro! Inmediatamente las miradas se volvieron hacia la chimenea, donde mi hermano, consciente ya de lo que pasaba, nos observaba con una expresión que basculaba entre el pánico y cierto oculto placer. A su espalda se comenzaban a adivinar los billetes chamuscados entre el envoltorio color rosa. Lo último que recuerdo es a Beatriz con los dedos chamuscados. No se salvó un solo billete.

Así transcurrían los días en Chez Vicente. Solo en una ocasión pudimos entrar en el palacete de los señores. Todo en su interior estaba listo para ser habitado, aunque apenas si pasaban una semana al año allí. Un suelo ajedreceado del que solo podíamos pisar los cuadros negros, habitaciones sin fin y 9 cuartos de baño con televisor incluido. Aquellos aparatos de TV de color naranja o amarillo que parecían recien salidos de Moonraker son desde entonces la imagen del lujo que siempre he perseguido y solo en muy contadas ocasiones he llegado a conseguir.

martes, 10 de agosto de 2010

La Francia que conocimos (I)


La Francia que conocimos es la Francia de 1981.

Nos despertamos temprano aquella mañana, en Bellavista, en casa de mi abuela. Mis padres se quedaron en el vacío piso de Rochelambert la noche anterior, llegados de Huelva, una vez nos soltaron allí (cosas de la intimidad). Todas las ropas por estrenar, lo que fue un error. Los Kickers de mi hermano Daniel le quedaban pequeños y hubo que descambiarlos en El Corte Inglés. El resultado fue salir al mediodía en la que se presumía nuestra primera y más larga jornada. Al final solo alcanzamos a llegar un hostal perdido en la perdida provincia de Albacete. Una primera noche de frío y expectación. Yo tenía 8 años y era la primera vez que salía de Andalucía. Las emociones del día siguiente fueron mayores. Tomamos la autopista que bordea el mediterráneo, pasamos por Valencia, por areas de servicio que se antojaban de otro planeta, comimos platos combinados que nos parecieron la suma modernidad, llegamos a Barcelona y vimos el cuartel de Lepanto (hoy Ciudad de la Justicia) en el que mi padre había hecho la mili, seguimos hasta la Junquera donde revisaron con estupor nuestros pasaportes (en el de Daniel, 5 años, había una curiosa firma que con trazo nada firme decía: Daniel), pasamos a Francia y entonces supimos que estábamos en otro país, más bien, otro continente.

La España de la que veníamos era la España de 1981.

Era de noche y llevábamos casi 1000 kms de viaje aquel día. Mi padre decidió que llegaríamos a Toulouse, y así lo hicimos. Y lo hicimos demasiado tarde. Los hoteles se negaban a admitir más viajeros a aquellas horas o se negaban por tener las plazas ya cubiertas o quizá por ser nosotros un grupo de españoles que no presagiaba nada bueno. A pesar de nuestras ropas de marca y nuestros exquisitos modales no eramos más que los vecinos vocingleros y pobres y aceitosos del sur. Tuvo que ser un recepcionista de Salamanca el que nos diera una habitación, unas camas supletorias y unos bocadillos de paté para evitar que pasáramos la noche en el coche o gastando nuestros pobres ahorros en pesetas cambiadas a francos nuevos (esto de los francos viejos y los nuevos era cosa de la época) en uno de los prohibitivos hoteles del centro. Fue aquella una noche memorable, viendo como poco a poco se perdía la señal de las radios españolas y el frío, ese frío que yo no había conocido, nos hacía refugiarnos en la manta de cuadros mientras coches de faros amarillos se cruzaban con nosotros. Aquello era Francia, la Francia que conocimos.

Al día siguiente, muy temprano, salimos de Toulouse hacia Blois. Pasamos por Limoges, donde compramos unos platos que entonces todo el mundo pensaba que eran el colmo del glamour y de los que ya nadie se acuerda. Pasamos, también, por innumerables ciudades y pueblos que no recuerdo, por supermercados y vallas publicitarias llenas de colores, por campos sin escombreras ni vertederos, por praderas verdes y bosques salteados, por casas de comida en las afueras que servían a camioneros de mejillas enrojecidas. Paramos en una de ellas siguiendo el tan manido y absurdo consejo de que los camioneros eligen los mejores bares de carretera para comer cuando todo el mundo sabe que no saben ni elegir los mejores puticlubs de borrachos y drogadas que andan. No hicimos más que entrar en aquel local lleno de cucharas golpeando platos llenos de sopas de cebolla sorbidas con entusiasmo cuando una señora, la patrona del establecimiento se vino hacia nosotros gritando un tropel de palabras de las que incluso yo, 8 añitos, podía entender "Españoles" y "Fuera". Salimos como pudimos de aquel lugar, convencidos: 1. de que los gabachos eran unos hijos de puta 2. de que realmente éramos el culo del mundo y no nos querían en ningún sitio y 3. que mejor nos comprábamos algo de comer en un super y nos parábamos en cualquier área de servicio para evitar ulteriores humillaciones.

Era ya de noche cuando llegamos a nuestro destino (un grupo de casas sin nombre en mi memoria) y allí estaban Conchita, Vicente y Beatriz esperándonos para pasar las navidades.

(continuará)

martes, 3 de agosto de 2010

Y no pueden con él! Y no pueden con él!


Sí, este era el grito que coreaba la grada del Villamarín cuando subía la banda el Vendaval del Polígono, el Rayo Verde, Don Rafael Gordillo.

Y no pueden con él! Ni los millonarios podridos y abyectos como Lopera ni sus sacacuartos engominados (Oliver). No hay poder en este mundo que sea capaz de parar a Rafaé.

Nunca antes la denominación Mito viviente fue más acertada. Él nos representa, nos da esperanza, nos lleva hacia el triunfo y la libertad.

Son la honestidad, la bondad, el esfuerzo, el talento, la sencillez y el Beticismo.

Y no pueden con él!