jueves, 21 de octubre de 2010

Geeks (parte 2) Allegro

....conforme nos aproximábamos una palabra me venía a la cabeza: aquelarre. Aquellas formas entraban y salían del local con una disposición que llamaría ebria si no fuera porque la mayoría eran abstemios. Qué les hacía pues comportarse de aquel modo? La sensación de grupo, de no ser los apestados por una vez, de haber vencido a las filas de lo convencional por el lado pantanoso de lo grotesco. Nos miramos y nos sumergimos en la corriente que se venía hacía nosotros como el personaje de Poe en el maelström, a la espera de que nos disparara finalmente a cualquier otro lugar.

Allí estaban los habituales, nuestros amigos (qué cosas): Morón, Arenas, el primo... Algún que otro compañero de facultad, las mujeres, reducidas a la Belga, que hacía el papel de musa algo desvencijada del grupo (nunca supe porque la llamaban así), y la hermana de Arenas, una señora que había terminado Derecho en 4 años, opositora desde entonces y absoluto animal freak. En el interior, en un escenario se encontraba el supuesto protagonista del corto, que además oficiaba de humorista semiprofesional con imitaciones que no pasaran a la historia del humor pero sí del dolor. La de Matías Prats (padre) es la única que mi terapeuta me deja recordar (por eso de cauterizar la herida). Me sorprendió ver a dos hermanas casi gemelas que repartían algo parecido a un programa de mano , y digo me sorprendió porque eran guapas. Pedí una cerveza y me dieron un botellín minúsculo a precio de oro. Tampoco el alcohol iba a ser una salida. Me senté y a mi lado se colocó un chaval con pinta de haber matado y disecado a su madre. "Hola, tu eres amigo de Jose, no?". "Sí", tremolé. "Yo he hecho la música". "Ah". "He intentado darle un toque minimalista". "Qué bien", dije. "Un poco como Michael Nyman". Modesto el chaval, pensé. Fue entonces cuando la sala se oscureció, y sin previo aviso comenzó Inma Felisa: Amor Quelónido.

Resulta difícil resumir en breves líneas lo que uno sintió (o puede sentir, elevemos esto a nivel general) viendo una película sobre un tipo que se enamora de una tortuga, le da un beso, se convierte en señor con barba vestido con camisón y sale pitando (ya no recuerdo si el final era triste o aún más triste). Todo ello con interminables escenas de caminatas por calles del centro de Sevilla aderezadas con la música de Norman "Nyman" Bates, lo más parecido al organillo del gitano y la cabra que he podido escuchar.Como era de esperar, la tortuga barbuda era interpretada por Morón, que en un arrebato de emoción al verse en la pantalla se volvió hacia nosotros, puro en mano y boca abuzonada, para decir eso tan típico de: "Zoy yo!". Lo peor fue comprobar que en el labio descansaba un pegote de tabaco del tamaño de un escarabajo crecidito y que el muchacho no se daba cuenta. El pegote caminó junto a él durante toda la noche y años después, al encontrármelo por la calle, lo primero que hice fue echar un vistazo para ver si seguía allí (dejo en la imaginación del lector la respuesta). La proyección terminó, y los primeros comentarios escuchados al azar repetían la palabra éxito. Fue aquello suficiente para que juntara mis monedas de estudiante pobre y me fuera al bar a por lo más fuerte y barato que hubiera. Copa en mano y codos en barra, vi como la hermana de Arenas se me acercaba y me soltaba un entusiasta: "HOLA!". Busqué a Antonio y Alberto con la mirada. La expresión de Antonio lo decía todo. "Me ha dicho Antonio que querías verme".

 No me gustaría que la chavalería que me sigue pensara que soy un tipo despreciable, pero a veces ese es el único papel que podemos representar en el mundo. La vida nos somete a numerosas pruebas y no siempre estamos a la altura. Yo he de reconocer que aquel día estuve a la única que me podía permitir. "Que yo he dicho qué?", tremolé por segunda vez aquella noche. "La película ha sido genial, no?". "Tengo que mear". Salí corriendo hacia el baño y me encerré. Desde dentro y con ganas de permanecer allí hasta el fin de mis días, pude ver y escuchar como Antonio y Alberto intentaban convencer a aquella señora de que fuera detrás mía (ten amigos para esto). Mis opciones eran mínimas e intenté la única que me quedaba. "Estoy un poco mareado, creo que voy fuera". "Ah, yo me quedo dentro, los chistes de (nombre-olvidado) son muy buenos". "Dios te lo pague.. digo, adios". Afortunado, direis. No tanto, aún hoy me planteo si hubiera sido mejor pasar la velada con aquella señora y aquellos chistes antes que salir y ver a Nyman Bates con la cara cubierta de sangre, riendo y viniendo hacia mi. "JAJAJA...HHJAJAA...Me ha pegado con un palo, con un palo...JAJA..", decía señalando al Morón y su pegote y al garrote que blandía mientras gritaba: "ZI, ZI!!". Y lo peor era que todo aquello estaba siendo filmado por aquellas dos casi gemelas guapas que deduje debían ser unas degeneradas de tomo y lomo por prestarse a formar parte de aquel circo (Belles de Jour...). Miré hacia la puerta y vi como Antonio y Alberto se aproximaban. Sí, era hora de marcharse. La gente salía a participar de la orgía de sangre y estúpidez y las chicas guapas lo grababan y hacían preguntas sobre lo que estaba pasando (docudrama). Empezábamos a marcharnos cuando las gemelas me cogieron de un brazo y me hicieron volverme. Frente a mi el caos.

"Nos dedicas unas palabras?"
"Qué?"
"Qué nos puedes decir de esta noche, de este estreno?"
Miré alrededor, al Morón, a Arenas, un mueble que parecía su primo, el humorista terrorífico, el músico minimalista-gitano-cabrero-psicodisecador, la opositora loca... Les miré a todos ellos y volví finalmente a mi entrevistadora con la mayor expresión de cansancio determinado que se recuerda en el polígono Navisa para decir:
"Resulta curioso que la noche más importante de vuestras vidas sea la peor de la mía"

Nos volvimos dejando atrás poco más que silencio. Caminamos hacia la luz.

martes, 12 de octubre de 2010

Geeks (parte 1) Andante

Allí estábamos, pues, Antonio, Alberto y yo mismo caminando por una de las calles de aquel polígono industrial que llamaban Navisa. Al fondo, al final de las calles y los almacenes, y tras un descampado inmenso se podían distinguir las primeras torres de lo que se conoce como las 3000 viviendas (columnas de humo sobre un cielo falsamente anochecido). Caminábamos rápido, esperando llegar a aquel almacen que hacía de sala de conciertos. Todo cerrado alrededor, algún perro perdido y un grupo al fondo que suponíamos eran los nuestros. Y eran realmente los nuestros? Habríamos deseado que fueran los suyos, los vuestros, cualquiera antes que parte de nosotros. En realidad eran amigos de aquel que fregaba platos a aquella hora en Inglaterra. Gente de la facultad a la que se había unido por aburrimiento y la falta de interés social. Arenas, el Morón, alguno más. Una mezcla de empollones, freaks, auténticos asnos, catetos, feos... Quizá el polo de atracción fue la sensación de superioridad. Pero ni eso funcionaba ya a esas alturas. El contacto con ellos nos había ensuciado y degradado y hecho reconocer que no estábamos lejos de aquello que despreciábamos.

Contaba Jose en una de sus cartas desde Inglaterra que el día que decidió que se marchaba estaba en el piso del Morón (un tipo de Morón de la frontera que ceceaba de manera brutal, ocultaba su rostro lleno de cráteres con una barba desaliñada y salía de casa sin lavarse la cara)  junto a Arenas (la falsa brillantez de los empollones) y su primo (una especie de mueble con camiseta). Hacía calor, era Julio, y pensaban comer algo. El Morón "zolo tenía atún, mayoneza y kerchu". Había pan también, claro, y decidieron hacer unos bocadillos. El primo-mueble procedió a prepararlos. Abría el pan (una viena) lo untaba de mayonesa, volcaba el contenido de una lata pequeña de atún, lo extendía un poco y añadía un chorreón de ketchup para terminar. Jose fue claro: al mío no le pongas ketchup. Cuando llego el turno de preparar el bocata de Jose, el primo repitió el mismo ritual, ketchup incluido. Pero qué haces capullo? No te he dicho que no quería ketchup? Ya, dijo el primo, quizá las primeras palabras que le oía pronunciar, pero es que con ketchup está más bueno. Jose echó un vistazo alrededor y solo pudo ver al Morón masticando satisfecho con la boca abierta mientras un hilillo combinado de ketchup y mayonesa comparecía por sus carnosos labios. Si he llegado a esto, se dijo y me dijo después, es que he hecho algo mal en esta vida. Y así fue que decidió marcharse.

Y así fue que nos dejó con aquel incalificable legado. Entre aquellos almacenes. Los veíamos al fondo, y ni siquiera las cervezas previas nos daban el ánimo suficiente para continuar. Sin embargo, un hecho sucedió que intepretamos como buen presagio. A nuestra izquierda vimos un conjunto de cartones tirados en el suelo. Entre ellos una caja de cartón, grande, se mantenía en pie. Nos fijamos que de la caja de cartón parecía recortarse una ventanilla. Escuchamos un chisteo "ssshhhh" y miramos con atención-prevención. Eh, aquí... Sí, había alguien dentro de la caja, la cara asomando por el hueco recortado, como si fuera la ventanilla de una oficina. Nos acercamos. El hombre que había sentado dentro (juraría que llevaba corbata) nos preguntó: quereih shocolate? Le dijimos que no, gracias, y el nos respondió que de nada. Continuamos caminando sin saber qué decir. Eché un vistazo hacia atrás y allí seguía, sentado esperando en su oficina de cartón, un ejemplar funcionario de la droga.

Y sí, llegamos a nuestro destino, al estreno mundial (así lo decía el pasquín que nos entregaron en la puerta) de Inma Felisa: Amor Quelónido....

(continuará)

miércoles, 6 de octubre de 2010

Memoria y Ellada

Hoy he descubierto que hace poco más de 9 años jugué un partido de fútbol sala con mi jefe de entonces (Xavier Agustí), el jefe de Telepizza en Atenas y algunos compañeros de PanricoHellas. Sé que jugué ese partido porque existe un email en el que cuento algunos detalles del mismo (por ejemplo, que el subnormal de mi jefe intentó bajarme el pantalón del chandal o que el de Telepizza se dejaba maltratar por el inefable Agustí, cosas del Upper Diagonal). Sin embargo, no recuerdo nada. No recuerdo ni dónde jugué, ni cómo jugué, si me llevé a algún amigo (Coto o Iván), si ganamos o perdimos... Es un recuerdo borrado por completo de mi memoria.

Por desgracia, no es la primera vez que me ocurre. En la boda de unos amigos, hará dos años, pasé todo el tiempo saludando efusivamente a gente que no reconocía pero me trataba con la mayor de las confianzas y el mayor de los cariños. Gente que había conocido por intermediación de mi amigo, con los que me había ido de juerga, había hablado de mi vida, y a los que mi memoria no dedicaba ni un solo rincón perdido. Y no, no es cosa de la edad. Recuerdo que en mi primer día de instituto se me acercó una chica que me saludó por su nombre. Puse tal cara de pánico-friki-empollón-no-tengo-dinero-tu-quién-eres que la chica me explicó que nos habíamos conocido en la Feria, que era amiga de una compañera... Y sí, yo había estado allí, pero seguía sin recordarla. Años después me hice amigo de aquella chica y esta vez era ella la que decía no recordar todo aquello (seguro que lo hacía por orgullo).

Pero me he alejado mucho de lo que quería contar (si es que quería contar algo). Esta mañana, después de haber leído aquel mail perdido con aquel recuerdo perdidísimo, me senté a pensar en silencio. Pensé en todo lo que había vivido en Atenas y había olvidado. Pensé en esto porque azuzado por las lecturas de Íñigo sobre la historia contemporánea de Grecia me había pegado una panzada de wikipediar desde Kolokotronis a Lambraklis pasando por Venizelos. Una historia llena de estúpidas decisiones colectivas, de genialidades, de absurdos virajes, de frases memorables y frases ridículas (ese Oxi). Y pensé que mis lecturas del día anterior estaban contaminadas más que ilustradas por el recuerdo de unas calles, de cierta luz, de algún olor único y de la atmósfera de los lugares que viví. Así pues, la conspiración Aspida me llevaba a casas con balcón de 4 alturas a lo sumo en calles que ascendían y descendían de manera abrupta y caprichosa, y el golpe del 21 de abril trae consigo el  viaje de los militares por la carretera de Tatoiu, con sus perros en las cunetas y algún viejo taller destartalado en la lejanía.

Es, por tanto, una memoria que acaba apropiándose de recuerdos no vividos pero que se ve incapaz de reconstruir lo que realmente ocurrió. Quizá se deba a mi (ambivalente) relación con Grecia y el sentido de culpabilidad que me atenaza cada vez que me topo con la Ellada. Culpabilidad por haber traicionado todo lo conseguido y aprendido allí, por no haber sido capaz de reforzar unos lazos que se debilitaban a cada año de ausencia, por sentir como el olvido se apoderaba de todo, como una lluvia fina y persistente. Por eso no vuelvo allí y por eso uso mi memoria del lugar (absolutamente demolida) como escombros con los que cimentar algún otro tipo de relación menos personal, más distante y civilizada con Grecia.

Al igual que para Fitzgerald el midwest eran los viajes de vuelta del colegio en Navidad, para mi la Ellada son los sábados en Kolonaki, Tsakaloff arriba-abajo, viviendo con la sensación de ser un privilegiado, intocado por todo lo que me rodeaba y consciente a la vez de mi ligazón con aquello, aquellas gentes, aquella historia que ha sido capaz tan solo un día de cerrar los cafés. Y lo que debiera ser más que un inofensivo recuerdo para mi es como una lanzada que atraviesa años, costillas, pulmones y frustraciones.  Una voz que continuamente pide explicaciones por el tiempo perdido y lo perdido a través del tiempo.

lunes, 27 de septiembre de 2010

La Francia que conocimos (Epílogo)


la-chihpa-ar-manté (la de mi madre tiene mejor pinta)

 Desde que comencé la serie La Francia que conocimos nuevos recuerdos han ido emergiendo de ese pantano sombrío en el que se ha convertido mi memoria. Me iba a dormir y pequeños detalles ya olvidados me hacían despertar y agarrarme la cabeza con las manos mientras imploraba un: ay, Dios mío! O leía un libro cualquiera y alguna referencia a ese otro tiempo y aquel otro lugar detonaban cadenas de referencias que solían terminar con un recuerdo claro, preciso y extremadamente agridulce

 Recuerdo, por ejemplo, la Nochevieja con las botellas de Cordon Rouge y el especial de la TV. Alain Delon (a falta de reloj en la Puerta del Sol) bajaba unas escaleras armado de una maza que le servía para golpear en los 12 gongs que sostenían 12 señoritas que procedían entonces a mostrarnos sus 24 pechos. Nosotros (mis hermanos y yo) estábamos absolutamente maravillados por aquel espectáculo, decididos a pedir la nacionalidad francesa como fuera, mientras mi padre usaba su habitual comentario quita-tensiones-en-realidad-el-tenso-soy-yo que apelaba a lo natural del cuerpo humano femenino: pero si esto es lo más natural!! (al tiempo que acomodaba la huevada).

 También pasamos allí la Nochebuena, claro, visita de Papá Noel incluida. A mis 8 años, la creencia en Reyes Magos y Papá Noeles era más un ejercicio de autoengaño que otra cosa. Si no acababa de creer en Dios cómo iba a hacerlo en señores que escribían notas con la misma letra que la de mi padre (facilmente reconocible por seguir los estándares del dibujo técnico arquitectónico). He de reconocer, sin embargo, que aquella Nochebuena aquel pequeño positivista que era yo se dejó ganar por el ambiente navideño, la ilusión por celebrar la fiesta en un país extranjero y la parafernalia montada de manera magistral por Vicente (imitación de la voz de Papá Noel incluida mientras nos hacían esperar en el piso de arriba). Lo de menos fueron los regalos: unos walkie-talkies (entonces estaban de moda) y unos absurdos jerseys Made in Rumania que debían estar fabricados con algún material creación de la mujer de Ceaucescu (la reina de los polímeros) porque no había forma de destruirlos.

 Fue en Nochevieja o Nochebuena o Navidad o cualquier otro día cuando Conchita preparó un excelente Hachis Parmentier, plato frances a base de puré de patatas y carne picada (hachis=picado) y que mi madre haría suyo (no solo la receta sino todo él) bajo el nombre de la-chispa-al-mantel (pronúnciese la-chihpa-ar-manté) denominación a todas luces más apropiada. Y es que, como ya he dicho en algún momento, mi madre se empeñaba en decir que entendía mejor el francés que mi padre y, por tanto, a pesar de no haber estudiado ni saber cómo pedir la hora intervenía en cualquier conversación hablando en español confiada en que su superpoder era de dominio público (para qué después digan de la Torre de Babel). Así fue como unos poloneses (polacos franceses) vecinos de Vicente acabaron dando gracias a Dios por no haber elegido España como lugar donde asentarse tras una conversación a multiples bandas con mi madre, Conchita, mi padre, Vicente y un perro que pasaba por allí.

Y sí, aquella fue la Francia que conocimos. Volví años después, durante mi primer año en la universidad, a ver a Vicente y Conchita. Entonces vivían cerca de Dax, en el sur, y se les veía tranquilos, ya retirados. Más tarde, hace unos años, fuimos la Mona y yo a París. En mi lista de obligaciones una que intrigaba a la Mona: comer chispa-al-mantel. No cejé hasta encontrar un sitio donde poder hacer realidad aquella suerte de homenaje a Vicente, Conchita, mi madre, y, por qué no decirlo, yo mismo. Y es que, en realidad, de eso mismo va Concarrobe.

jueves, 23 de septiembre de 2010

La Francia que conocimos (V)

Es cierto que determinadas imágenes forman parte de uno, del propio mundo, desde que tenemos uso de razón. Son iconos, referencias, conceptos visuales que nos dan una concreta medida de nosotros mismos y de nuestro mundo, un sentido de individualidad que siempre está puesto en duda cuando uno es pequeño, apenas habla, y forma parte de una familia que lo protege, mangonea, mima y desatiende en diferentes proporciones. Hablo, por ejemplo (y el ejemplo soy yo mismo), del 7º de caballería, del Real Betis, de la Union Jack o la Torre Eiffel. Se es pequeño y algo tonto o se es pequeño y un pequeño erudito (como era mi caso) pero siempre se sabe que existe una construcción llamada la Torre Eiffel (Infiel para algunos). Y sí, ahora estábamos al fin a unas horas de verla.

Fue más difícil de lo previsto llegar al centro de París. Por entonces, España apenas contaba con rondas de circunvalación y hasta que mi padre consiguió dar con la salida (o entrada) correcta, parecimos un calco del gran Timoner, aquel pistard que se pasaba media vida dando vueltas detrás de una moto. Nos precipitamos pues sobre la ciudad y mi padre, atosigado, agobiado, asustado por la gran ciudad, urdió de manera subrepticia su plan maestro: ver París en 3 horas. Algunas de las señoras que aún me leen dirán que eso es imposible. Sin embargo, tengo testigos que pueden dar fe de tamaña hazaña. Lo primero era lo primero, y nos dirigimos a los Campos de Marte. No es difícil encontrar la Torre Eiffel en Paría, y sí, allí estaba. Mi padre aparcó y con nada disimulado apremio nos condujo al pie de la gran Torre. El día era grisaceo y poco acogedor, lo que hacía resaltar aún más el carácter amenazante de aquel entramado de hierros y tuercas. Eso debió pensar mi hermano Javier cuando a la pregunta de si queríamos subir (que mi padre expresó de su habitual modo: no quereis subir, no?) y antes de que Danié y yo dijéramos un SÍ!! más grande que Versalles, contestó con un rotundo-por-bajuno: no, me da miedo. Alta traición que aún no he perdonado puesto que con los años he desarrollado un absurdo temor a las alturas que me impide subir a estas alturas (viva la polisemia).

Nos hicimos, pues, una foto con la Torre al fondo que aún se conserva en algún album de tapas rojas. Unos niños encantadores y bien vestidos secuestrados por una pareja de turcos, o peor aún, refugiados kurdos. El bigote de mi padre deja en pañales al de Ocalan y mi madre parece que va a sacar la fregona de debajo del abrigo en cualquier momento. Lo he dicho ya y lo vuelvo a repetir: eramos un país pobre.

Nos montamos todos en el coche como en los finales de Benny Hill, a camara rápida y comenzamos uno de los más delirantes episodios en la historia del turismo familiar mundial. Recuerdo el Arco del Triunfo, la Ópera, Notre Dame, el Sena, el Louvre, Los Campos Eliseos, un gendarme dando instrucciones, una tienda y una bolsa con salchichón, queso, paté y una baguette, coches, los Campos Eliseos, el mismo gendarme, las Galerias La Fayette, el Arco del Triunfo (ah, pero hay dos? pregunta alguien), otra vez los Campos Elíseos, me suena ese gendarme... Fueron dos horas de continuo movimiento por las calles de París en un Simca 1200 que parecían varios. La gente nos veía pasar una y otra vez incapaces de encontrar la salida de aquella ciudad y el gendarme vio refrendada su idea de que los españoles eramos no solo los parientes pobres sino también lerdos que vivían en el sur.

Finalmente, mareados y deshechos, emocionados y avergonzados por igual, llegamos a una estación de servicio de las afueras donde comimos como lo que éramos: gitanos.

Era ya de noche cuando el coche aparcó delante de la casa de Vicente y Conchita. Sería nuestra última noche allí. A la mañana siguiente volvíamos a España. Hacer maletas, cenar ligero, mirar el cuarto en el que dormíamos por última vez, mirar por la ventana y tratar de distinguir en la noche el perfil de los árboles más cercanos, mirar por la ventana una oscuridad que se sabe distinta a la oscuridad nunca oscura de las ciudades del sur.

Salimos muy temprano, como mandan las ordenanzas paternas, y nos alejamos en silencio, caímos en silencio, nos dejamos llevar en silencio, hasta que como siempre mi madre comenzó a hablar y ya nadie paró hasta llegar a Sevilla.

domingo, 5 de septiembre de 2010

La Francia que conocimos (IV)


La memoria es un mecanismo que responde a reglas no demasiado claras. Por ejemplo, del viaje que nos llevó de Blois a Rouen no recuerdo nada. Recuerdo que entramos en nuestro destino aún de día, una iglesia, el comentario de mi padre sobre la muerte de Juana de Arco (que a niños poco impresionables como nosotros nos dejó bastante impresionados) y la llegada a la casa de Salvador. O quizá no fue así. Otra memoria paralela me dice que llegamos al atardecer, ya de noche, más bien, y decidimos ir a casa de Rafael, uno de los primos? tíos? de mi madre. Parecía ser el triunfador de todos ellos. Vivía en un barrio elegante. Nos detuvimos ante una casa con jardín. Mi madre bajó con la caja de mantecados La Estepeña (metida en una bolsa de El Corte Inglés) y se dirigió a la puerta de entrada mientras la veíamos desde el coche. En la secuencia que mi memoria conserva veo como llama a la puerta, como la puerta se abre, como sale una chica veinteañera a preguntar quién es. Hay una breve conversación. La chica nos mira desde la puerta. Al fondo se asoma un tipo con melenas rizadas y pinta sospechosa. Mi madre le deja los mantecados y vuelve al coche con expresión vaya-tela. Rafaé no está, dice, se ha ido a esquiá con la mujé. Siguió una retahila de improperios a la hija que apenas hablaba español, que tenía al novio metido en casa, que a saber lo que estarían haciendo, que no ha sido ni para invitarnos a pasar viniendo desde donde venimos, eso sí, quedándose los mantecados (y hasta yo pensé que peor hubiera sido rechazarlos)... y así hasta que llegamos, ahora sí, a casa de Salvador.

Puede decirse que Salvador era el más español de los familiares. Le recuerdo viniendo a casa de mi abuela en verano, pasándose a visitarnos, viendo el Tour de Francia con nosotros (defendiendo a los ciclistas franceses como Jeff Bernard frente a nuestro ídolo, el cansino y agónico Perico). Se había casado con una francesa rubicunda y norteña de gran corazón pero mínima higiene, y pudimos comprobarlo nada más llegar a la casa, grande y destartalada, en la que vivían ellos y sus 400 hijos. Solo el mayor, un profesor con pinta de hippy, hablaba español. Estaba también una chica algo mayor que mi hermano Javier, rubia y preciosa, que nos miraba con desconfianza (años antes, en una visita a nuestra casa, jugando, le habiamos metida una piedrecilla en el ojo sin querer y se veía (o no se veía) que aún se acordaba de aquello). Hicimos noche allí. En la TV echaban Siempre hace buen tiempo, el último y más oscuro de los musicales que componen la trilogía dirigida por Gene Kelly y Stanley Donen, nos dieron de comer una suela de zapato poco hecha con judias verdes de guarnición. Alrededor nuestra se paseaba un perro que se llamaba Cuzco y olía a paño húmedo. Nos alojaron en una habitación en el piso alto. Mi madre, como buena madre española, escrutó hasta el último rincón de la habitación para evaluar la limpieza del lugar. No hacía falta tanto. El lavabo tenía verdina. Las sábanas parecían haber sido usadas por un destacamento del ejército búlgaro durante los 4 años de la primera guerra mundial (curiosos pelos rizados a cada momento). La frase materna respondía a la imagen que aún años después nos consuela de siglos de atraso y complejo de inferioridad: qué guarras son las francesas! Aún así, aquellos enemigos del jabón nos acogieron en su casa, nos dieron un techo, comida, y algunos pelos. Y eso nunca lo olvidaremos.

La visita que cerró nuestro periplo normando tenía unos de esos nombres hispanos que dichos más allá de Irún nadie comprende: Socorro! La prima Socorro se había casado con un español y sin llegar al glamour de Rafael había conseguido una posición cómoda y menos espesa que la de Salvador. De aquella visita me vienen dos, tres detalles a la memoria: en la TV ponían una miniserie sobre Robinson Crusoe. Los hijos de Socorro eran un compendio de buenas maneras en la mesa. Cuando comían galletas apenas hacían ruido (nosotros pareciamos Triki de Barrio Sésamo). Una tía de mi abuela, viejísima, vivía con ellos. Tuvimos que darle un beso, lo que se me antoja el momento menos agradable del viaje.

No sé que fue de ellos. Solo Salvador se dejó caer por Sevilla, como ya he dicho. Sé también que murió. También murió Rafael, de un infarto. Puede que más de uno haya muerto. Un hijo de Salvador fue jugador de fútbol y llegó a jugar en la segunda división francesa. Nunca supe como se llama o llamaba. El hijo hippy vino a España con una novia rubia y poderosa. Mi abuelo la llamaba la leona (y se lo llamaba delante del chaval, qué cosas). Estuvieron en nuestra casa también. Él y la leona. Puedo decir, y a veces digo, que tengo familia en Francia. Pero sería más correcto decir que tuve familia en Francia y ya no la tengo.

De vuelta a Blois, a casa de Vicente, mi padre dijo que pasaríamos por París para que lo conociéramos. Y aquellas benditas palabras justificaron por si solas los escasos 8 años de vida rara que me habían sido otorgados.

martes, 24 de agosto de 2010

La Francia que conocimos (III)


No hicimos demasiadas excursiones durante aquellos días, y realmente no las necesitábamos. Ir al supermercado o a la gasolinera ya eran suficientes alicientes para aquellos niños raros obsesionados por las diferencias culturales y mercantiles. Poder tomar Orangina en lugar de Casera de naranja o ver como el tabaco fumado era Gitanes o Gauloises en lugar de Fortuna nos llenaba de un extraño gozo dificilmente explicable. No obstante, y por honrar la belleza de la zona, decidimos visitar el castillo de Chambord en el día más frío que recuerdo. Recuerdo también innumerables habitaciones que me llevan la palabra Rococó a los labios y el comentario de mi padre (entre histórico y escatológico) a la memoria: en aquella época los nobles cagaban en las esquinas de las habitaciones. Gracias a Dios, mi hermano Daniel a pesar de sus 5 añitos no se atrevió a tanto y se dejó llevar de un lado a otro embutido en su anorak rojo, bastante mejor que el mío azul. Una bandeja que llevamos a mi abuela (y que se habrá perdido junto a todo lo que se quedó en aquella casa) y algunas fotos son lo único que queda de aquel día. Fotos que invariablemente, como todas las sacadas por mi padre durante el viaje, nos presentan tal que diminutas cagarrutas sobreimpresionando un paisaje majestuoso, y es que el hombre no acabó de comprender nunca eso de que las personas se ponen en primer plano y el paisaje al fondo.

Otra excursión nos llevó a la capital de la región centro: Blois. Cruzamos el Loire sobre un puente que terminaba en una ciudad gris y poco amistosa. Una visita al centro de la ciudad. Recuerdo entrar en una carnicería y maravillarme con el hecho de disponer de una persona para cobrar, y por razones de higiene! Pensé entonces en el shock que sufrirían aquellos buenos burgueses de provincia si les diera por visitar el puesto de Er Canalla en el mercado de abastos de Huelva (con aquellas montañas de ratas de plástico que se vendían a la puerta y entre las que se colaba alguna rata verdadera de tanto en tanto). También fuimos a una juguetería porque Javier quería comprar un juguete francés con sus (nuestros, entonces él decidía) ahorros. No nos dio más que para un rudimentario jueguecillo del que nos cansamos a los dos días (se lanzaban bolitas de metal contra un coche que se iba desplazando a golpe de bolillazo). Así pues se nos hizo de noche paseando por la calle principal cuando de repente mi madre me preguntó: Faliqui, dónde está Danié? Yo iba a decir aquí señalando a mi derecha cuando a mi derecha no había más que franceses. Rafa, dijo rapidamente mi madre a mi padre, que el chico se ha perdío! Mi padre compuso entonces su ya proverbial expresión de pánico e hiperresponsabilidad (ojos como platos, gesticulación ridícula, movimientos quasisimiescos) pero tuvo que ser Vicente quien tomara las riendas de la situación y mandara a mi padre a una punta de la calle mientras el iba a la otra para acotar el campo de búsqueda. Los franceses de Blois nos miraban como diciendo: ya está los españoles montándola, y después quieren entrar en el Mercado Común... Mi madre y Conchita daban vueltas en torno a si mismas para encontrarse una a la otra continuamente lo que a todas luces no era el objetivo de la búsqueda. Javier se mostraba sereno, serenidad que con el tiempo adoptó cierto color amarillento (chiste familiar). Y yo? Yo recordé una juguetería que habíamos visto unos metros atrás. Me volví, caminé calle abajo y allí, en el escaparate, estaba Danié absorto, en el planeta playmobil. Sí, lo encontré, lo llevé a donde estaba mi madre y... me llevé una bronca de mi padre por haberme perdido yo también (?). Fue entonces cuando comprendí que la estupidez es una plaga extendida de manera implacable por la tierra y que de nada servía arreglar las cosas cuando otros unicamente se dedicaban al aspaviento y eran además estos los que detentaban el poder. Me hubiera gustado en ese momento ser capaz de desandar el tiempo y dejar a mi querido hermano Daniel perdido en Blois, siendo adoptado por una familia francesa de soterrado racismo, cantando canciones de Ettiene Daho en la ducha y celebrando la victoria de Francia en el mundial del 98.

Fueron, como podeis ver, días movidos en la zona más tranquila de Francia. Sin embargo, los Viana no se conformaban con aquello y habían decidido trasladar su circo rodante a la Normandía. Es decir a Rouen. Así pues, cargados con innumerables cajas de mantecados La Estepeña, nos dirigimos a visitar a esa parte de la familia de mi madre que nunca acabó de llevarse con el Generalísimo.