miércoles, 21 de octubre de 2009

Jordan Baker, Nick Carraway y la Honestidad


Entre las cosas curiosas que sobre El Gran Gatsby se pueden decir está el hecho de que la portada de la primera edicíón fue diseñada por el hermano de Xavier Cugat, o que el título que Fitzgerald había pensado originalmente era Trimalchio in West Egg (Trimalchio es un personaje del Satyricon de Petronio), o que el profesor de literatura de Fitzgerald en Princeton murió amargado y afirmando que el libro no podía ser suyo, que Fitzgerald, un payaso como alumno, no podía ser el autor de tamaña obra maestra.

Dejando el anecdotario a un lado y centrándonos en el libro en sí, o más bien en esas cuestiones tangenciales o no estrictamente protagónicas del libro (a la manera de los cervantistas o esos tipos que viviseccionan Hamlet), uno de los aspectos que más me llaman la atención es la relación entre la golfista (que no golfa) Jordan Baker y el protagonista-narrador Nick Carraway. Como recordareis, Nick conoce a Jordan en casa de los Buchanan. Jordan baker es una golfista profesional que destaca por su belleza, su falta de entusiasmo por todo y cierta displicencia a la hora de tratar los asuntos serios de este mundo. Varios serán los encuentros que Nick Carraway (soltero, bien posicionado aunque no adinerado, suceptible de encontrar mujer o ser encontrado) y Jordan Baker tengan a lo largo del libro, en los que aparte de compartir sus informaciones acerca de la trama principal (el affaire Gatsby-Daisy) comenzarán a dar cuerpo a cierta subtrama-flirteo que no acabará de cuajar. La razón de ello? Serán diversas las ocasiones en las que Carraway intente recordar cierto hecho relacionado con Jordan del que fue informado en un pasado. Un asunto turbio que es incapaz de poner en pie pero que le irá obsesionando a medida que en los diferentes encuentros Jordan incurra en pequeñas mentiras, omisiones o acciones de dudoso carácter moral. Es una de estas acciones, una temeraria conducción que está a punto de provocar un grave accidente y que Miss Baker resuelve con un y-a-mi-qué, enciende la luz de Carraway. Jordan Baker fue cogida haciendo trampas al golf. Ya hacia el final del libro, y tras el desenlace (que me ahorro contar), Jordan pregunta a Nick si se volverán a ver, y Nick contesta que no, que no tiene suficiente confianza en la honestidad de Jordan como para seguir siendo amigos y, menos aún, algo más.

Algunos han querido ver en esta decisión de Nick Carraway un punto insoportable de mojigatería. Recordemos que en uno de los primeros párrafos dice de si mismo ser una de las personas más honestas que conoce. Sin embargo, su comportamiento a lo largo del libro es ejemplar y hace honor a tan pomposa afirmación. Cuando miente lo hace apoyado en un bien ulterior mayor, es el único capaz de reconocer la altura moral de Gatsby por encima de prejuicios (solo ojos de buho le acompañará en el entierro) y, por otra parte, descubrir la debilidad en este sentido de todo el clan Buchanan (Jordan incluida). Será también el único en aceptar su propia cobardía cuando acabe estrechando la mano de Tom Buchanan (un acto reflejo casi), y su vuelta al midwest es una forma de redimir lo que pudo haber hecho mal durante toda la historia.

Así pues, de la rimbombancia y rigidez de pensamiento que Nick Carraway hace gala al inicio pasamos a la humildad y lucidez de sus últimas frases. El itinerario moral que sigue capítulo tras capítulo le hace comprender que la honestidad, la honradez no son consecuencia obligada de su invocación constante o la observación de rígidas normas de comportamiento (la paradoja de Kant sobre el asesino de niños), sino la capacidad para elegir la opción moral adecuada ante los sucesos que nos acontezcan y la humildad para reconocer los errores cuando sucedan. Añadiré uno más. La sinceridad con aquellos que están a nuestro lado y afrontan con nosotros las consecuencias de nuestros actos. Una sinceridad reflexiva y profunda (no la simple verdad sin alma), la sinceridad que merecen los amigos.

martes, 13 de octubre de 2009

Tiempos Difíciles - Para estos tiempos


Sábado por la mañana. Aloe Vera / Acidophilus 40+ / Eleuterococo (también conocido como ginseng siberiano) / Agua de Mar Quinton Hypertonic (del Canal de la Mancha). Nada impide sin embargo un nuevo arrebato diarreico.

No acabo de recordar qué compra Íñigo. Yo me hago con El Ruido Eterno (a recomendación suya) sobre la música clásica del S.XX, La Muerte de Bunny Munro (Nick Cave) con El Origen del Mundo (Courbet) en la portada - ese tipo de libro que no regalarías a la familia política, y Tiempos Muertos, una especie de catálogo de impresiones de Roger Wolfe, escritor total (así le llaman). Dos cervezas en la librería asientan mi estómago desmadejado. Hablamos de casi todo, y de casi todo hablamos muy bien (con soltura, con brillantez). Recupero en parte el ánimo y la confianza perdidos esta última semana.

Después de comer. Por error tomo un café solo. Estoy solo y tomo un café solo. Leeré los periódicos y luego leeré medio libro de Wolfe. Seré capaz de leer el libro de Wolfe, ver el futbol en TV y prepararme para la cena en casa de Laura. Comienzo a notar mi estómago y su pretensión de lanzar hacia arriba todo aquello que ha de ir hacia abajo.

Sábado por la noche. Bebemos vino y cenamos pasta con garbanzos y algas. Discutimos sobre economía. Al principio lo hacemos con alegría. Pronto comenzamos a agriarnos. Economía y política. Pablo y yo acabamos acaparando la conversación. No estoy de acuerdo con nada de lo que dice. Más bien, no quiero estar de acuerdo con nada de lo que piensa decir. Niego sus argumentos desde un principio. Pablo comete el mismo error una y otra vez. A cada comienzo suyo: "comprenderás que...". Le contesto: "no, no comprendo". Si dice: "a nadie se le ocurre pensar..". Yo respondo: "sí, a mi". Aburrimos a Martin y Laura que quieren irse a dormir. Yo también.

Eldorado. Pablo quiere tomar una copa y yo no. Al final tomamos dos en Eldorado. La charla es sincera (por primera vez en muchos meses), demasiado quizá. A nuestro alrededor muchachas ya talluditas con ridículas expresiones de mujer fatal. Apuro la segunda copa rapidamente, como si fuera un jarabe. Nos vamos y algo dentro de mi comienza ya a marchar mal.

En la TV Peer Gynt. Una multitud de finlandeses tirados en la hierba de un auditorio al aire libre. Cinco minutos más tarde vomito la cena (las algas en primer plano). Me siento frente a la TV, aliviado. Lo que comenzó en Eldorado toma finalmente forma. Un cansancio único, concreto, definido. Una sensación irrevocable de fracaso que me impide mover un solo dedo. Paso dos horas paralizado (Peer Gynt mediante) hasta que un rescoldo de cordura me levanta y conduce lastimosamente a la cama.

Domingo mañana-mediodía-tarde. Ácido despertar. Lo peor, sin embargo, es descubrir la angustia otra vez ahí, otro domingo. No poder ver el baloncesto, no poder leer. Salgo a comprar los periódicos, algo de sopa, jamon de york. Simulo comer y me planteo dormir. No hay nada que hacer. Acabo leyendo los periódicos. Una foto de Lula me hace llorar. Una absurda foto de Lula me hace llorar sin consuelo, amargamente, sin ruido. No son ni las 4 cuando salgo a la calle. Decido caminar sin alejarme demasiado de casa, recorriendo círculos concentricos. Llego al parque de la Maternidad. La celebración de un cumpleaños me hace pensar en la Pax Catalana, y en lo innoble que mi presencia de inmigrante angustiado ha de parecer. "Toca al leproso", dan ganas de decir, pero no digo nada. Dos horas después me dejo caer en la cafetería de un hotel para tomar una coca-cola y leer El País.

la segunda parte del Betis es infame. Algunos borrachos no acaban de entender lo que están viendo, y no es culpa suya. Los tipos de la camiseta verdiblanca muestran la intensidad de un gran depresivo. El bar, sin embargo, vive de manera arrebatadora. Un amplio grupo de bajísimo nivel social celebra algo parecido a un cumpleaños. Ellas parecen putas y ellos chulos. Los niños visten de manera inenarrable. Sin embargo, cuando se reunen en parejas o grupos más pequeños a conversar uno descubre que no son delincuentes, tan solo son pobres e ignorantes. Se toman dramáticamente en serio y no creo que lleguen nunca a comprender el alcance de su tragedia. Qué pensaran de mi? Solo, con una botellita de agua y un paquete de patatas, mascullando por lo bajo juramentos a la pantalla. Ni siquiera me habrán visto. Para ellos seré invisible: por delgado, pálido, pensativo, silencioso. "Mira cómo vive la gente", decia L.G. Montero en un arrebato de poesía social y nueva sentimentalidad. Esa es la diferencia, ellos no nos ven.

Son las 3 de la mañana y una orquesta de pueblo retrasa mi llegada a un día necesariamente mejor. Juan Luis Guerra, La 5ª estación, Chenoa... Ante el final del concierto, un grupo de jóvenes juega a querer continuar la fiesta. Yo me agito debajo de la manta y repito para mi como una letanía sin final: hijosdeputa-hijosdeputa-hijosdeputa....

Hoy es lunes 12 de Octubre, Día Nacional de España. Sin aspavientos, mirando un suelo lleno de serpentinas y una calle vacía, me digo: Viva España.

jueves, 8 de octubre de 2009

Sevilla - Londres - Mikensa (I)


Te acuerdas Antonio? Mi hermano nos llevó a Málaga, al aeropuerto. Aquel vuelo que acabamos comprando en la agencia de viajes (ya desaparecida, como no) de la calle comercial con menos éxito de la historia: la calle del Instituto. Te acuerdas, verdad? La rubia que nos vendió el vuelo, que nos contó su experiencia en Londres y nos dio aquella recomendación absurda que guardamos como último recurso y acabó siendo el primero: hablen con el señor Mikensa. De mi casa a Mikensa, pasando por un vuelo Málaga-Londres, mientras esperábamos a despegar, comiendo una de esas agujas de atún que mi madre lleva años comprando en El Corte Inglés, y yo, incapaz de acciones originales, vuelvo a comprar en el Opencor.

Llegamos a Gattwick a mediodía. Después Victoria Station y de allí a Earl´s Court. Nos quedaríamos en casa de Jose, en uno de los planes más absurdos y peor conformados de la historia. Le habíamos visto unos días antes de nuestra marcha, mientras estaba de vacaciones. Le parecía bien que nos quedáramos en su casa, pero desgraciadamente no podía avisar a su compañero de piso. De todos modos daba igual. Nos escribía una nota para que se la diésemos a él. No habría problema. Así pues, un papel garabateado con la ilegible letra de Jose era nuestro pasaporte (más bien nuestro salvoconducto) al Londres ciudadano y respetable. Fue la visión de la calle y sus casas de victoriano recibidor blanco lo que nos congració con la decisión que habíamos tomado. El sol salía y se iban las dudas que había visto en ti, Antonio, cuando parecías ponerte un impermeable a todo lo que veías alrededor, a todo lo que oías, como si quisieras negar el hecho de que estabas lejos de casa, en un lugar del que nunca habíamos oído hablar: la pobreza.

Subimos a la casa (un fuerte olor a pintura rancia) y por primera vez en el día pudimos sentarnos y descansar. Aquí viviríamos hasta que encontráramos una habitación propia. Era un apartamento, mejor dicho un estudio, con la zona de camas (dos gemelas) separada del salón por una cortina. Cocina integrada y baño similar a un armario. Posters de películas de terror (Texas chainsaw massacre) y grupos de heavy satánico decorando las paredes. Una play, una TV, y más CD´s satánicos. Mucho videojuego y una revista abierta tirada en el único sillón de la casa: el plano de Resident Evil II. Recuerdo que nos miramos y comenzamos a dudar del que iba a ser nuestro compañero de piso durante la siguiente semana.

Sin embargo, y junto a la posible desazón que tanto cabo suelto nos provocaba, una irrefrenable sensación de libertad parecía poder compensar cualquier imponderable. El Chino nos había dicho por teléfono el día anterior que vendría aquella tarde, y decidimos salir a recibirle. Ya instalados. Londinenses finalmente. Nos sentamos en el murito que delimitaba la propiedad, los pies colgando a ras de la acera, y vimos a la gente pasar y envidiar nuestras sonrisas y nuestra paz, mientras yo tarareaba Sittin´on a fence de los Rolling Stones y tu hacías comentarios mordaces sobre todo lo que veías.

Poco después llegó Javi con su habitual tono de sorpresa y sarcasmo: Quillo, que hasei´ahí? Tenía el aspecto de un oficinista recien salido del trabajo. El único problema es que no tenía trabajo y uno no podía saber muy de dónde había salido. Probablemente en el maletín llevara tan solo un sandwich de Peanut Butter que, según los rumores, era el unico ingrediente de su dieta en aquellos momentos. Aquel encuentro nos devolvió algo de las fuerzas que la caída del sol parecía querer llevarse. Miraste, o buscaste los últimos momentos de calor antes de que el invierno llegara aquella noche para todos nosotros.

jueves, 1 de octubre de 2009

JOBCENTRE


Os acordais? Apenas llevabamos un día en Londres y Antonio parecía venirse abajo por momentos. La tarde anterior, entre el viaje, el ajetreo de mapas y metros, la llegada al piso de Earl´s Court, la llegada del Chino y sus quejas de siempre (quiiillo, que hasei´ahí sentao?), el simulacro de fiesta flamenca, Manolo Escobar...la verdad, no hubo demasiado tiempo para arrepentimientos. Es cierto que cuando el italiano satánico nos quiso echar a la calle en plena noche las cosas comenzaron a torcerse. Más aún cuando el mierda aquel nos sacaba de la cama a la 7 de la mañana y nos hacía esperar a mi hermano en la estación de metro casi dos horas. El viaje desde las buenas zonas a los barrios de mala muerte fue definitivo. Antonio apenas hablaba, mi hermano Daniel usaba de nuevo su tono de veterano de Vietnam (no hay tiempo que perder / no hay dinero que gastar) y yo me movía entre ambos registros sabiendo que no tenía nada que perder (era un caso perdido).

Llegamos a Harlesden, a la casa de mi hermano (y 7 u 8 más) a eso de las 11 de la mañana. Era verano pero olía a invierno. A humanidad resguardada de amenazas externas. Yo, como siempre, me senté en un sofá y encendí la TV. Mi hermano corrió las cortinas con claros gestos de censura a alguien ausente: "no pagamos el impuesto, nos pueden multar!". Más tarde Daniel nos dió de comer beans, pan tostado, margarina y mermelada (hay que cosas que no cambian, pensé). Antonio apenas probó bocado. Otros miembros de la casa entraban y salían, nos saludaban y lanzaban mensajes del tipo: ya nos ha contado tu hermano de ti, con la entonación medio canalla que los catalanes intentan cuando hablan con andaluces. Una malagueña con pinta de hippy/okupa nos oía hablar con embeleso de Andalucía mientras repetía sin parar: "que guay tío".

Habíamos quedado con el Chino por la tarde. La idea era hacer algo de piña, supongo, pero mi hermano pensó que lo mejor era ir a un Jobcentre: "cuanto antes encontreis trabajo mejor". Para rematar el plan compró el Loot y nos puso a buscar habitación en el trayecto hasta nuestro meeting point. El Chino apareció con un aspecto muy atildado, de niño bueno, más bien de niño que quiere trabajar. Sus expectativas laborales estaban por encima de las nuestras. Oficina vs Cocina, se podría decir.

Entramos en el Jobcentre y comencé a explicar a Antonio como funcionaba el asunto. Una serie de fichas situadas en unos biombos informaban de las ofertas disponibles por sector. Bastaba con elegir unas cuantas, apuntar las referencias, rellenar un breve fichero y entregarlo en una ventanilla. Al poco tiempo (unos minutos) nos llamarían para entrevistarnos, paso previo e ineludible para la entrevista con el empleador.

Antonio y yo nos pusimos a ello: kitchen porter, kitchen assistant, buser... El Chino buscaba centros de servicios, y mi hermano echaba un vistazo a la fauna de jovenzuelos que intentaban hacerse hombres en una ciudad más adecuada para las ardillas o los galeses. Entregamos nuestras fichas y comenzamos la espera. Antonio era el más callado, el más desesperanzado y también, probablemente, el más asustado. Años de clases de inglés en el San Francisco de Paula y el IB Velázquez no le servían para contestar con garantías a preguntas del tipo: what´s your name? Fue el primero en ser llamado ("Anchóniou!") y el primero en regresar. "No sé quillo, no me entero qué me decía..". Mi entrevista fue simple. Kitchen Porter / Español / más de 1 año / sí, en España / esta es mi dirección. Se pondrían en contacto conmigo. Mientras, el Chino seguía esperando:
"Quilloo, que hase´hta hente?".
"No sé Javi, ve a preguntar o algo", le dije. Fue entonces cuando advertí que cierta letanía se repetía por megafonía: "Jabba, Jabba, Jabba". Jabba? Jabba the Hut? El implacable perseguidor de Han Solo?
"Quillo", le dije al Chino, "Jabba, eres tu!".
"Que dise quillo? Jabba yo?"
"Qué nombre les has puesto para que te avisen?"
"Po Javi, quillo"
"Javi..Jabba...quillo que te están llamando"

Pues sí, el Chino fue al mostrador, le echaron una bronca por no responder a su nombre, no consiguió el trabajo y se volvió a Maidenhead en un tren muy aburrido según propia confesión.

Antonio, mi hermano y yo volvimos bajo una fina llovizna a Harlesden. Las calles se habían vaciado y en los autobuses solo viajaban currantes, deshechos humanos, combinaciones de ambas cosas, unos portugueses muy tristes y unos españoles nostálgicos. Uno de ellos lloró aquella noche como hacía tiempo que no lo había hecho.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Días enfermos en Barcelona


Lunes 28.

Mañana. Despierto cada 10 minutos. Tengo la sensación de no poder dormir seguido más de un rato. Nerviosismo inexplicable, frío y calor alternos. Una canción constantemente en mi cabeza (The Fear, Pulp) y el miedo real a no ser capaz de aguantar toda la tarde en la oficina.

Consigo despertarme a eso de las 13 horas y compruebo mi capacidad psicomotriz. Mareos en los primeros pasos, signos de fotofobia, ansiedad. Me pregunto si aún sufriré los efectos del envenenamiento alcohólico del sábado noche. No más Karma, me digo, y el mensaje parece ir mucho más allá de una discoteca y una noche de farra.

En la oficina. Una expresión inglesa para definir lo que apenas puedo disimular: The Jitters. Estos temblores, esta ansiedad: el rasgo más terrible de una resaca que no puedo comprender. Puede que se deba al hecho de haber dormido casi todo el domingo (siesta de 6 horas). He retrasado lo inevitable. La penalización por incidir en el garrafón.

Mi estómago dice no, como Raimón. Diarrea y naúseas. Apelación a la Loperamida y al Primperan. Pienso como los maratonianos: aguantar es mi única divisa. Las horas pasan y busco en google remedios a mi mal: ducha caliente (ya lo hice), huevos, pan tostado, vitamina B... Y si estuviera enfermo y errara el tiro? Desde cuando alguien difiere una resaca 24 horas sin causa aparente? El mañana nos dirá. A la cama con miedo y ganas de olvidar este día.

Martes 29.

Otra mala noche. Sinfonía ciudadana en las primeras horas del día. Cómo es posible que en los albores del tercer milenio se anuncie la llegada del butano a base de martillazos? Cómo se puede dejar la responsabilidad de transportar centenares de bombonas de gas altamente explosivo a un conjunto de salafistas?

Despierto desde temprano. El mareo parece haber remitido pero el cansancio (sueño acumulado) es mayor. Actividad como remedio. Compro agua, papel higiénico, el famoso borrador mágico de Don Limpio. Mis preciosas Asics parecen salidas de un estercolero tras la noche del sábado. Me empeño con el susodicho borrador y las manchas desaparecen. Creo en la publicidad.

Un zumo de naranja como único desayuno. Terrible elección. La acidez se vuelve intolerable camino de la oficina. Un trozo de una empanada no demasiado gallega hace el resto. Comer así conseguirá acabar conmigo. El mareo vuelve, y con él cierta sensación de malestar general. Paracetamol. Entre tanta desgracia Stephanie supone un descanso. Ayer fue una camiseta, hoy el delantal y el descubrimiento del Jengibre en polvo. Desesperado por creer asumo su condición de oráculo. Mañana a por el jengibre.

Consigo a la tarde comprar el billete para Zaragoza. El fin de semana es mi único objetivo. La Mona me da ánimos para seguir. Yo infantilizo algo mi discurso en busca de protección y mimo: nunca se acaba de crecer. Entre tanto, y con sorpresa de Ramón, renuncio a la cerveza que me ofrece y pido una naranja. La superstición de las vitaminas también me afecta. No contento con esta deriva escribo a Paravicini y le pido consejo sobre el Jengibre para después decidir que reactivaré mi interés por la levadura de cerveza (revivificada). Hoy soy terreno abonado para cualquier secta destructiva.

Antes de dormir leo con profusión y gusto. Quién tuviera un estómago inglés o se llamara Waugh...

Miercoles 30.

Sin duda estoy enfermo. Enfermo de no dormir. A la manera de las heroinas cloróticas modernistas (simbolistas, parnasianas...) comienzo a experimentar una hiperestesia preocupante. Mis sentidos se disparan y confunden. Cualquier ruido, cualquier contacto, cualquier fogonazo es capaz de llevarme al paróxismo. Ayer fue una mosca a la que maté con una saña gratuita. Pienso que mañana volverá a ser un día terrible y por tanto intento dormir aún a sabiendas de que el devenir matutino de mis vecinos está por comenzar.

Agotado me siento a leer. No conservo fuerzas suficentes para ir a comprar (adios jengibre?). Mis riñones están helados, la cabeza me arde, los pies no parecen míos. La familia Waugh me asombra. Bron es herido gravemente mientras sirve en Chipre y su padre no solo no hace nada por visitarle sino que apenas le escribe una carta en 3 meses. Evelyn pensó que su hijo posiblemente fuera el culpable de su accidente y que esa torpeza sería una nueva desgracia y humillación que soportar. No sé si sacar algo en claro de las relaciones paterno-filiales leyendo este libro. Pienso que de haber requerido una mayor comunicación epistolar (como es el caso de los Waugh) las cosas habrían sido muy diferentes en casa.

Ya en la oficina. Descubro que me he quedado sin paracetamol. Bajo hasta recepción y mendigo un comprimido, demasiado poco para mi gusto. Momentos difíciles y nueva petición de auxilio a la Mona. Ella intenta tranquilizarme, pero mis nervios están huidos desde hace tiempo (el control de mis nervios). Mis piernas se mueven sin control, los riñones me impiden estar de pie. Me preocupa mi estómago. Es congestión nasal lo que experimento? El resfriado está aquí, sin duda. La Mona llama a la cordura y yo me avergüenzo por unos instantes.

Una cuarta noche sin dormir? Terminar el libro de los Waugh? Ver la película de miedo que echarán en Cuatro? Hemos acabado por aceptar grandes y evidentes mentiras: Qué suponen unos cuantos bonus o plusvalías con el total que una tasa sobre las transacciones del capital podría aportar? Cómo es posible que se llame Liga de Campeones a un torneo jugado por equipos sin nivel? Es que acaso no ven que el Cartagena podría disputar esa ridícula Champions con más garantías?

Estoy enfermo

jueves, 24 de septiembre de 2009

Punta Umbría


Una calle Ancha que no lo es demasiado. Sentados en una terraza, algunas mesas alrededor, manteles de papel. Para beber Barredero (una concesión a la mitología familiar) y para comer coquinas, boquerones, dorada a la plancha... Un muchacho con sindrome de down (mongolito, que se decía antes) canta fandangos de Huelva arrebatadamente mientras es jaleado por unos cuantos viejos que juegan al dómino (así, con acento en la primera ó). Estas son mis vacaciones.

Vengo a Punta Umbría por las coquinas, podría responder en un falso documental / película-encuesta sobre mi persona. Y no sería cierto, del todo. Quien no ha tomado las coquinas de Punta Umbría no sabe de lo que hablo, pero tampoco quiero magnificar el papel del molusco bivalvo (homenaje a Rajoy) en mis elecciones de ocio. Tiene que haber algo más. Hay algo más. Punta Umbría son los veranos de mi infancia, y todos sabemos lo que eso supone en el imaginario de cada uno. En mi caso: jaurías de perros atemorizantes, sueltos y sin control. Reestrenos a 150 pesetas en el Cine Pescadores (Los Goonies, Granujas a todo ritmo). Helados calle Ancha arriba, calle Ancha abajo. La busqueda desesperada del TP o el Don Mickey en los dos únicos quioscos del pueblo. Jugar al Tour de Francia con los tapones de La Casera. Jugar a las Olimpiadas con los tapones de La Casera. Jugar a los Mundiales con los tapones de La Casera. El Gran Héroe Americano. El Coche Fantástico. La Fuga de Logan (ya, qué le vamos a hacer). La playa, mi madre leyendo el Semana, mi padre ausente, Javier con cara de estar enfermo, Daniel sin soltar la pelota.

Hace varias semanas llegué a casa de madrugada tras una de las escasas salidas nocturnas que me he permitido estos últimos meses. Puse la TV, no tenía sueño, y me destrozó ver que echaban Juzgado de Guardia (Night Court). Creo que pude oir el crrrackkkk dentro de mi, como si años de despreocupación e inmortalidad se hubieran despeñado finalmente. Un instante, una escena, una música que hacía años no escuchaba, un chiste que incluso recordaba, todo aquello consiguió que fuera consciente al fin del paso del tiempo. Había intentado olvidar este momento, esta epifanía, pero ayer fue Primos Lejanos (Perfect Strangers), las desventuras de Balky Bartokomus y su primo Larry, el detonante de este vértigo. Revelaciones como estas explican por qué vuelvo a Punta Umbría cada verano.

Me levanto temprano y salgo a la terraza. Desde el sobreático puedo ver los pinos a un lado (el lado del mar) y las azoteas, sus antenas de TV, rodeándome. Al otro lado están la ría, los esteros, las fábricas. Es temprano, y el ruido de los barcos llega hasta aquí arriba. Llega también el de las olas. Y el de los pinos, el viento entre los pinos, el sonido más claro de la memoria.

jueves, 3 de septiembre de 2009

CERRADO POR VACACIONES


Pues eso, que me voy de vacaciones y no vuelvo hasta el 22.

Resulta curioso que justo ahora que el trabajo, el estrés, las obligaciones y servidumbres cotidianas parecen poder quedarse atrás por unos días (leave them all behind, que decían Ride con mucho ruido de fondo), justo ahora, digo, me empiecen a doler las muelas, me quede sin luz en el salón, y la bañera se emboce para rematar. Se trata del natural infortunio de aquellos que olvidaron lo principal (o prencipal, que diría mi abuela Antonia): que nunca hemos de sobrestimar el valor del trabajo. Lo que realmente importa es la suerte. Por tanto, y para que la fortuna se acuerde algún día de nosotros es preciso que nos dejemos por unos instantes de actitudes trabajosas (como alternativa lamentable a las actitudes trabajadoras) y nos dediquemos al bello arte de la espera, ya sea en una habitación, un bar, un banco del parque o un banco en peligro de quiebra (estos, al menos, tienen aire acondicionado). Está claro, necesito vacaciones.

Hasta la vuelta