jueves, 28 de mayo de 2009

VIERNES


[Viernes]

En fin, al fondo de todas estas oficinas
Después de algunos cambios de sistema y país
No mucho queda por despertar y sentarse en la cama
Salvo una serie de ideas para pasar el otoño
Aprovechar al máximo los descansos en el trabajo
O rellenar de libros los arrebatos de soledad

Y es la soledad, prestigiada como pocas
Quien acaba por apoderarse de los pisos más baratos
Como si no pudieramos elegir entre señoras y caballeros
Sino entre caballos y cabelleras
Y alguien demandara sentido y prudencia
Por la simple, y poco probable, razón de estar en un poema

Pero cuando me oriento y veo a los primeros marchar recuerdo que hoy es viernes
Que me levanté a las 6 porque jugaba a tener hijos que mantener
Porque siempre tuve miedo de los que mandan y traen la comida a casa
Y hay cosas que el tiempo (incluso el nublado) no puede cambiar
Unas cuantas infamias ya asumidas
El deseo ineludible de llamar la atención
Y sobre todo, los primeros días de cada mes
Pensar que el año 2000 ya pasó
Y creer que el futuro es algo que no será sino más bien fue


P.D. Sentir, Ganar, Luchar,... Podemos!!

miércoles, 20 de mayo de 2009

SANTA VIERNES


[Santa Viernes]

Empujado hacia delante
Eché la vista hacia detrás
Un color diferente en este silencio
Una mañana como otro idioma
Algo sugerido en la media sonrisa de esa gente

Los Viernes nos previenen acerca del futuro
Evitan que pensemos en posibles días alternativos
Algo llamado perdido que siga al domingo
Y un inevitable sueño que viene tras perdido

Los Viernes son así: superiores
Confían en su poder para epatar a la audiencia
Aun cuando un sabado reuna mejores cualidades
Aun cuando un domingo apele a futbol y familia
Aun cuando hoy acepte mis aventuras contables resignado

Y es esto simplemente: Viernes y ciclo y locura y resignación
Hoy clamo por una semana más corta (un italiano me convenció)
Por tardes de jueves y alcohol
Por noches habladas, más habladas
Por extender los días jóvenes de nuestras vidas
Por reclamar organizadamente algo más de alegría
Y por señalar en el tumulto
Algo parecido a una salida

jueves, 7 de mayo de 2009

HAMMETT


Nos hacemos viejos. Lo noto en los achaques de mi hígado, la famosa curva de la felicidad, esos dientes que se caen sin motivo aparente y (era de esperar) en el transito de unas estrellas literarias a otras. Una de mis primeras pasiones librescas fue Dashiell Hammett, el autor policiaco. En aquellos tiempos los clásicos de la novela policíaca aún gozaban de prestigio crítico-popular y era fácil encontrar coleccionables de Hammett, Chandler, McDonald o Ellroy en los suplementos dominicales. La cinefilia también interactuaba con el hard-boiled, y el mundo de gangsters, mujeres fatales y soplones, servía de iconografía bastante eficaz para despertar el interés de los adolescentes con gafas.

Hoy en día, sin embargo, todo aquello parece quedar demasiado lejos. Sumidos en un infinito proceso de derivación, el mundo parece preferir las absurdas (por suecas) alteraciones del modelo llegadas de Escandinavia. Todo el mundo sabe que lo único bueno que salió de Suecia fue Ingmar Bergman, y por eso mismo le hicieron la vida imposible hasta que se tuvo que ir del país o refugiarse en una isla (la referencia a las suecas queda para el blog de mi hermano). No son estos tiempos, pues, para el gusto por el genero clásico policial.

Hammett es más bien conocido por El Halcón Maltés, memorable libro que dio lugar a una película también memorable. Mientras estuvo vivo, fue El Hombre Delgado (divertido librito) y sus múltiples secuelas cinematográficas las que le dieron fama y dinero. Nunca fue un tipo demasiado feliz, quizá por eso se hizo comunista, un modo como otro cualquiera de superar crónicos problemas respiratorios y un gusto algo destructivo por el alcohol. Tuvo varias mujeres, pero sería la fea escritora Lilian Hellmann su más reconocida compañera.

De todos los libros escritos por Hammett, mis preferidos son aquellos protagonizados por el Agente de la Continental (the Continental Op). El Agente de la Continental (del que nunca sabremos su nombre) desmiente la tópica idea del detective conquistador, altanero y chulesco (Marlowe, por ejemplo) para darnos el retrato de alguien solitario, dedicado a su profesión, modesto, pero no por ello mojigato. Alguien que dedica su tiempo libre a jugar al poker y beber sin mucho entusiasmo y que encuentra su realización personal (si es que alguna vez se ha encargado de buscarla) resolviendo los casos que se le asignan en la agencia Continental. Su grandeza proviene no solo de su carácter supuestamente convencional sino de su altura moral, o dicho de otro modo, su particular código moral, que le llevará a auténticas renuncias personales por fidelidad a sus principios o a promover matanzas si el fin se adecua a los mismos. Hammett fue un entusiasta lector de Fitzgerald, y de El Gran Gatsby en concreto. Con él comparte la posibilidad de fundar una nueva moral, gestionada por cada uno de nosotros, basada en principios claros y amplios, a la vez que intransigente con las pequeñas fallas que determinan un carácter. Por decirlo de algún modo, Sam Spade mandando a la horca a Brigid O´Shaugnessy, la mujer a la que ama, por matar a su compañero (al que desprecia) en El Halcon Maltés, y Nick Carraway rompiendo con Jordan Baker en El Gran Gatsby por hacer trampa en el golf, son parte del mismo concepto.

A fines de los 70 Wim Wenders fue comisionado por Coppola para hacer una película sobre Hammett. La idea de Wenders era rodar 3 días en la vida de Hammett: soledad, escritura, alcohol. Para ello contaba con Sam Sheppard para el papel protagonista(hablaremos de él otro día). Coppola, incapaz de oficiar como productor a secas, no solo exigió a Frederic Forrest en el papel, sino que acabó rodando la película de nuevo, hasta convertirla en un pastiche sin interés ni coherencia.

Soledad, escritura y alcohol. Y enfermedad. Así fue la vida de Hammett.

jueves, 30 de abril de 2009

Feria


No tenía prevista ninguna entrada referente a la Feria de Abril de Sevilla. Una llamada a mi hermano, el recuerdo de Ferias pasadas, las típicas noticas en la TV y ese ánimo nostálgico de los jueves noche me han hecho pasar a la acción. Hará ya 10 años que no piso el Real de la Feria, y lo cierto es que tampoco lo echo demasiado de menos. Ferias he tenido de todo tipo. Desde esas con 14 años y 140 granos en las que uno bebe sus primeras manzanillas, hasta otras inolvidables por lo bueno (el traje de Miguelito) o por lo malo (pedazo de pota en el tablao). He agredido a bellas señoritas mientras bailaba sevillanas y he terminado, como casi todos, tomando churros con chocolate en el mejor amanecer que podamos imaginar.

Como con casi todo, lo mejor de la Feria es la expectativa que crea, la promesa de la Feria. Ese ir a los toros en una tarde soleada, asistir al triunfo de algún torero de la tierra, comentar la faena con los amigos mientras se tapea en algún bar cercano a la Maestranza, para terminar caminando hacia la portada, calle Asunción mediante, con la convicción de que los mejores momentos de la noche que comienza fueron esos mismos instantes en los que cruzábamos el río y nos sentíamos dichosos por pertenecer a todo lo que abarcaba la vista.

Para dejarlo más claro, ahí van unas sevillanas antológicas:

Yo Soy Del Sur
Francisco De Juan / Antonio Rodríguez


Andalucía, es mi tierra,
Yo soy del sur,
Yo soy del sur,
Andalucía, es mi tierra,
Soy del sur, soy andaluz,
Me gusta el mosto en Noviembre
Y mirar al cielo azul,
Y mirar al cielo azul,
De aquí fueron mis abuelos,
Se formaron mis mayores,
Aquí nacieron mis padres,
Y nacieron mis amores,

ESTRIBILLO:
Yo soy así, y tienes que comprender
Y tienes que comprender,
Que mis costumbres son esas
Y no las quiero perder.

Me gusta dormir la siesta,
Yo soy del sur,
Yo soy del sur,
Me gusta dormir la siesta,
El gazpacho y el buen vino,
Los caballos bien domaos
Y las charlas del casino
Y las charlas del casino
Me gusta el cante sentío,
El baile de cuerpo entero,
La guitarra bien templá,
Y los olivares nuevos,

(ESTRIBILLO)

Me gustan los toros serios,
Yo soy del sur
Yo soy del sur
Me gustan los toros serios,
Y los toreros con arte,
Los buenos banderilleros,
Y las mulillas de arrastre
Y las mulillas de arrastre,
Me gusta ver la vendimia
Y beber con los amigos,
Y las mujeres bonitas
Y la siembra de buen trigo,

(ESTRIBILLO)

Me gusta la romería,
Yo soy del sur,
Yo soy del sur,
Me gusta la romería,
Las ermitas de mi pueblo,
Las Vírgenes bajo palio
Y los Cristos Nazarenos,
Y los Cristos Nazarenos,
Los jardines con geranios,
Las casas blancas y con tejas,
Los miradores con arcos,
Y las ventanas con rejas.

(ESTRIBILLO)

miércoles, 29 de abril de 2009

Netherland


Hoy nos toca reseña de un libro: Netherland de Joseph O´Neill.

Hablaba en la última entrada de este Concarrobe de Netherland, novela recientemente publicada en España a cuenta de mi interés por el modo en que los deportes son trasladados al ámbito literario. Comentaba también que Rodrigo Fresán avalaba el libro, que lo acabaría comprando y que nunca lo terminaría. Me alegra deciros que mentí en lo último (mentira y error como equivalentes, buen tema para otra entrada).

Como toda nueva novela norteamericana en la que los protagonistas pertenencen a la burguesía acomodada y no por ello son criticados o demonizados, el nombre de Fitzgerald surge de su tranquilo retiro para dar cierto relumbrón al desconocido autor. Lo del éxito prematuro quizá no case con este escritor (O´Neill) ya entrado en la cuarentena y curtido como abogado durante bastantes años. Nada que ver con aquel otro Fitzgerald de los 80, Jay McInerney, que escribió un famoso libro de título chusco Big City Lights (adaptado al cine con un impagable Michael J. Fox esnifándose hasta el azucarero) y del que ya nadie se acuerda.

Por evitar la dispersión diremos que Netherland es una novela que empieza mejor que acaba, de poco vuelo narrativo, llena de lugares comunes (especialmente en lo referente a los problemas de pareja), pero con unas cuantas ideas, unos cuantos personajes y ciertas decisiones literarias muy acertadas.

Nos gusta la oposición que hace entre Europa y América. El libro defiende con firmeza y lucidez el llamado sueño americano. No solo como posibilidad para aquellos que llegan del exterior, sino como espacio donde las oportunidades no se cercenan al poco de comenzar. Según el autor, es momento de tirar por la borda la absurda costumbre europea que nos hace creer en una vida ya compartimentada y catalogada a eso de los 40. Debiéramos aprender de los USA y su capacidad de reinvención constante a cualquier edad. Resulta curioso que la sociedad más dinámica sea también calificada de gerontocracia, pero es en esa paradoja donde se encuentra el secreto de las vidas plenamente vividas. La oposición entre la vieja Europa y la joven América es en realidad la oposición entre jóvenes con mentalidad de viejos y abuelos inasequibles al conformismo y el aburrimiento. Otra idea interesante es la que habla de la indefensión con la que nos enfrentamos a la terrible crisis de los 35 (36 en mi caso). La certeza absoluta de que ya no somos jóvenes y la desdicha, algo que creíamos enterrado gracias al éxito profesional y sentimental, se apodera de todo lo bueno que creímos tener. Atracando a Conrad a la salida de su barco diríamos eso de que solo los muy treintañeros conocen momentos como este.

Por desgracia, la novela abunda en extravagancias y disparates que por muy verdaderos que sean (esto me pasó de verdad!) no son nada verídicos. Si unimos la falta de trascendencia y auténtica vida en las descripciones de la crisis matrimonial y un manejo torpe de los tiempos narrativos, solo nos quedan el cricket, Holanda, Trinidad y New York para compensar el desastre. Sí, porque los instantes dedicados a rememorar las infancias de los dos protagonistas en Holanda y Trinidad y Tobago son de lo mejor del libro, lo que hace pensar en un escritor más dotado para la mirada retrospectiva y la nostalgia que para el embarrado cotidiano. Es también reseñable la capacidad para recrear New York y darle la condición de universo dentro del propio universo, ajeno a las reglas que nos pueden regir en cualquier otro lugar y envidiable por la sensación de libertad que es capaz de generar en sus habitantes (aun cuando estos estén asustados: el 11-S es una sombra constante en la narración).

De Cricket no sé nada, solo que se juega vestido como si fuera uno a hacer la primera comunión. Aun así, las partes del libro dedicadas a este deporte son las mejores, y pienso que de haber atendido más a esta línea narrativa el libro hubiera sido mucho mejor. El argumento de que jugar al cricket nos hace mejores personas destaca por su absurda brillantez, y ciertamente uno lamenta no disponer de más tiempo para conocer la historia de todos aquellos empleados de gasolinera antillanos, dependientes en pizzerías provenientes de Pakistan o regentes de bazares indios que viven toda la semana pensando tan solo en el partido que jugarán el sábado.

Finalmente, como diría Brel, queda un libro de fácil lectura y aún más fácil olvido. Sirva esta entrada para evitar lo último

Coda: Una referencia a la horrenda traducción. Abuso de pronombres relativos para unir frases (en especial El Cual, La Cual), convertir New Hampshire en Nuevo Hampshire (me recuerda a aquel traductor de Lord Jim que se disculpaba por no traducirlo como Lord Jaimito), o lo que es peor, no seguir criterio alguno y hablar del Padre Abraham y los Smurfs (son los Pitufos, idiota!).

miércoles, 22 de abril de 2009

Fútbol


1. Un tal O´Neill escribe un libro llamado Netherland. El tema es New York, el 11-S, el cricket. O´Neill dice que realmente se trata de hacer un libro diferente sobre el deporte, fundar una nueva literatura deportiva. Dice que los libros que han tratado el deporte hasta ahora abundan irremisiblemente en la épica. Hablar de deporte sin apelar a la épica. También dice que el sueño americano sigue vivo, que es real. Acabaré comprando el libro. Rodrigo Fresán lo recomienda. Probablemente nunca lo llegue a terminar.

2. La épica, sí. La mejor película hecha sobre el deporte: El Mejor. La mejor y la más épica. Otro ejemplo: Evasión o Victoria. Todos sentimos un escalofrío con la chilena de Pelé. Y la lírica? Un ejemplo vivo no literario de lírica en el fútbol: Rafael Gordillo. Daniel lloró cuando se anunció su traspaso al Real Madrid. Él mismo lo hizo pocos meses después de ser traspasado contra su voluntad. Pidió volver al Betis, cobraría incluso menos de lo que le pagaban en el pasado. No pudo ser entonces. Volvería más tarde, con un Betis en segunda. La maledicente canalla se mofaba del genial Vendaval del Polígono y lo tachaban de simple brisa. A nosotros no nos importaba. De hecho, cuando Rafaé saltaba al campo era como si una brisa nos trajera el aroma de otros tiempos más felices y victoriosos, cuando el Rayo verde relampagueaba de manera destartalada y genial por la banda izquierda del Villamarín.

3. La literatura y el fútbol han tenido siempre una relación entre difícil y vergonzante. Albert Camus fue portero del equipo de la universidad, allá en Argelia, y simepre dijo aquello que el futbol fue la mejor escuela donde conocer el alma humana. Los porteros estaban de moda por entonces. Nabokov hablaba del portero como figura mítica en los paises mediterráneos, poniendo como ejemplo al divino Zamora, y Alberti entrenaba su futuro estilo estaliniano con la Oda a Platko, portero del Barça en los años 20, aunque algun verso tenga cierto tufillo gay (rubio Platko tronchado...). Prefiero las constantes referencias marginales de Bioy (muy buen extremo por lo que cuentan) que en muchos de sus libros situa a sufridos hinchas de Excursionistas, uno de esos adorables equipos porteños que siguen 4 gatos. Otra forma de acercarse al mundo del balón es la de Peter Handke y su Miedo del Portero ante el Penalty, libro que lei de mocito y del que no recuerdo nada (salvo los bostezos). De hecho Handke, como gran seguidor del balompié, entre loas a Milosevic y películas de 4 horas, montó una peña litetario-futbolera de apoyo al Numancia (ya, frikada absoluta). Atxaga, en El Hombre Solo, nos recordaba el genial equipo polaco de los Lato, Boniek, Mylnarzik... Una de las pocas aportaciones patrias (aunque esto de patrio al equidistante Atxaga le sabrá a cuerno quemado) al rubro libros-fútbol. Para terminar el recuento, el texto canónico de la literatura futbolera: El Cesped, de Benedetti. Salvada la inevitable tendencia al melodrama del autor, se trata de uno de los pocos relatos donde el fútbol es actor principal y no excusa. Los ya famosos Sueños de Fútbol, jugar junto a Obdulio "el Negro" Varela... Épica y lírica.

4. Dos historias. En la primera mi padre llega a Sevilla con 12 años de un pueblo perdido en Sierra Morena. Toda la familia sigue al padre recien liberado de una condena de 10 años de trabajos forzados por rojo. En uno de los primeros días en aquel barrio periférico de calles de tierra se caerca como siempre hacen los niños a un grupo que juega con una pelota. Es el primer contacto de mi padre con el fútbol, algo que no sabia ni siquiera que existía. Uno de los chavales le dice que entre a jugar y mi padre va hacia allá sin saber muy bien de qué va todo aquello. El niño le pregunta: tu qué eres? Bético o Sevillista? Mi padre, sin entender del todo elige por aproximación: Yo.., pues soviético. Desde ese día, los Viana somos Béticos.

La segunda trata del padre de mi madre: Antonio. Siempre le gustó el fútbol, y ya de jovén jugó en los juveniles del Antequerano. Allá por los primeros 50 se trasladará con toda la familia a Sevilla. Es una buena oportunidad para ver fútbol de élite. El Betis anda por la segunda división despúes de unos infames años 40 (descenso a tercera incluido). La elección es lógica: si quiero ver al Real Madrid, al Athletic Club, al Barcelona, me tengo que hacer socio del Sevilla. Pocos días antes del primer partido de liga se hace socio. Le dan un resguardo en la oficinas que habrá de canjear por el carné definitivo días después. Mi abuelo se dirige al Pizjuan a ver el primer partido y en las taquillas enseña el resguardo que le acredita como socio. El portero se lo devuelve: esto no vale. Antonio explica: en las oficinas me dijeron que puedo entrar con el resguardo hasta que me den el carné. El portero se pone farruco e insiste: eso no vale. Mi abuelo se enfada: esto es una vergüenza. El portero, con modales chulescos y violentos, le indica la salida. Es entonces cuando mi abuelo coge el resguardo, lo rompe en la cara del portero, y le dice: pues ahora voy y me hago Bético! Desde ese día, los Jiménez somos Béticos.

jueves, 16 de abril de 2009

El 4º Mandamiento


1. La convención obliga a hablar de Ciudadano Kane cada vez que el nombre de Welles (Orson) surge en una conversación. Si los interlocutores, además, se tienen por conocedores del cine y su historia otras consideraciones se añaden de manera inevitable: cineasta maldito, incapaz de mantener un presupuesto, megalómano... Pocos serán, sin embargo, los que aprecien en Welles a un lírico, o aún menos aquellos que lo tomen como un nostálgico de epocas pasadas no shakesperianas. Casi nadie hablará de The Magnificent Ambersons.

Lirismo, evocación e indagación socio-histórica son algunas de las aportaciones de The Magnificent Ambersons, una de las menos conocidas películas de Orson Welles, y sin duda la mejor de todas las suyas. Rodada en 1942, justo después de Ciudadano Kane, The Magnificent Ambersons (conocida en España como El 4º Mandamiento) comenzó disfrutando de la arrebatadora aura de triunfo que llevó a un post-adolescente Welles a convertirse en la figura cultural de la época y terminó siendo el primer eslabón de la cadena de fracasos, torpezas, omisiones y humillaciones que hubo de sufrir hasta el fin de sus días cinematográficos. Resulta difícil hablar de la película sin tener en cuenta las condiciones de su rodaje y (sobre todo) su post-producción. Decir, tan solo, que se trata de una obra maestra, aún cuando al menos una hora del metraje inicial fue mutilada, y nuevas y bochornosas escenas (el final) fueron rodadas por el montador (un joven Robert Wise). Qué ocurrió para que esto sucediera? La estrella de Welles se apagó por primera vez con el fracaso de Ciudadano Kane, lo que llevó a la RKO a un cambio en su contrato: el final cut estaría en manos de la productora. Si a esto unimos cambios en la cúpula de la Major, y la absurda marcha de Welles a Brasil para rodar un documental que fomentara la ayuda de los brasileños a la causa aliada, no parece demasiado difícil comprender la tentación saturnina de los productores tras unos desastrosos preestrenos. Sin duda fueron incapaces de valorar la emoción intensa y la calidad absoluta en la narración del auge y decadencia de los Ambersons en aquella ciudad arquetipo del mid-west que tan bien conocía Welles. Clasicismo e innovación técnica y formal, sin lugar al cliché o los lugares comunes. El genio de Welles le lleva incluso a cambiar el absurdo final de la novela por uno que hubiera aunado tragedia, patetismo y grandeza y que aún podemos adivinar entre tanta paja ajena.

2. Si leemos una crítica (española) de El 4º Mandamiento será ineludible la referencia a la novela original y al autor de la misma en los siguientes términos: olvidado escritor, pequeña novela, autor oscuro y semidesconocido... También aquí la convención (esa institución tan española) prefiere hacer uso del lugar común frente al estudio y la propia verdad. Es cierto que hoy en dia nadie se acuerda de quien fue Booth Tarkington, pero no siempre fue así. De hecho, The Magnificent Ambersons ganó el Pulitzer, y eso a pesar de su ridículo final, como Scott Fitzgerald comentaba a uno de sus amigos (quizá Edmund Wilson) en una de aquellas cartas que Daniel y yo devorábamos cuando éramos jóvenes. Sí, porque Tarkington llegó a ser una especie de modelo a seguir para el joven Fitzgerald. Ambos provenían del Mid-West, los dos estudiaron en exclusivos colegios de la East Coast, y ambos acabaron en Princeton, de la cual salieron sin poder llegar a graduarse. La trayectoria en el propio Princeton fue también muy parecida, colaborando en The Triangle y The Nassau Litterary Magazine. La diferencia estriba en que mientras Tarkington se convirtió en toda una leyenda, el alumno más popular del campus, Fitzgerald no podía apartar de si mismo una aureola de fracaso que se acentuaría en sus últimos años universitarios y los previos a su eclosión literaria. Tarkington representaba para Fitzgerald la imagen propia del ideal Genteel, el mismo que llenaría sus libros una vez pasado por el tamiz crítico de un Mencken (su principal influencia pre-Gatsby), sin perder nunca, eso sí, el amor y la compasión por sus criaturas (algo de lo que Mencken era incapaz).

3. Al inicio de The Magnificent Ambersons Joseph Cotten protagoniza de manera indirecta, incidental, una escena que apenas es comentada pero que determinará los destinos de todos los implicados en la historia (aparezcan o no). Un modelo de narración que va más allá de los tipos tradicionales y que entronca con The Great Gatsby o Heart of Darkness o La Casa Verde decadas más tarde. En ese comienzo está todo lo que alguien necesita para saber cómo ha de contarse aquello que queramos contar.
Una última imagen. Ya avanzada la película, tio y sobrino se despiden en un andén de tren. Ambos no parecen tener mucho que decirse y el tio cuenta una historia de su juventud ocurrida en aquella misma estación. La historia (entre pícara y candorosa) le lleva unos pocos minutos. El sobrino escucha distraido. De repente suena el aviso de que el tren va a salir y el tio de manera atropellada le explica ciertos e importantes detalles financieros al tiempo que le confiesa que nunca le ha caido bien (todo en unos pocos segundos). El tio se sube al tren en marcha y se despide de todos nosotros.
Como decía Cesar Vallejo: cómo escribir después de algo así.